sábado, 14 de diciembre de 2024

FINAL FELIZ PARA DENTRO DE UN DRAMA

No fueron pocos los avatares que dificultaron la llegada del inventor hasta el portón del edificio que albergaba, alguna planta arriba, la emisora de radio desde la que se emitía el programa que acababa de lanzar al aire un reto que, de alcanzarlo, supondría una pausa en su penuria, un estímulo en su desempeño científico, quizá la última esperanza a la que agarrarse antes de una tan meditada como temida rendición: tres mil pesetas. Él, imbuido en su labor, desasosegado por la incapacidad de patentar un novedoso modelo de pistón automovilístico, alicaído ante la certeza asumida de que los americanos –que lo habrían de desarrollar después– se atribuyesen el prestigio y el rédito del ingenio, no atendía a estas bagatelas, pero... Pero de repente, en el exiguo laboratorio en el que este modesto investigador interpretado por José Isbert se devana la sesera, irrumpe la figura alborozada de José Ortas encarnando a su amigo, suponemos que ha compartido penas y aflicciones, que se duele ante el desconsuelo del compañero al que admira, que la noticia que porta le reconforta tanto o más por brindar una alegría al colega que si el alivio fuera para él.

Atropelladamente, Ortas le refiere a Isbert que, si consigue acudir antes que nadie a la citada emisora disfrazado de esquimal y acompañado de un perro, recibiría esa cantidad suficiente para lograr su propósito, evitar su desvelo. Más acuciado por la necesidad que medroso ante la peregrina sugerencia, se deja convencer y acude al reclamo. El taxi que le traslada a la emisora alcanza la puerta a la vez que otro del que baja un aspirante igualmente ataviado, perro incluido.

La pelea a través de los dos tramos de la escalera que conducían al premio fueron tan encarnizados como el duelo de dos equipos aspirantes a evitar el descenso cuando se enfrentan entre ellos, dos equipos que se aferran a la categoría apelando a los escasos recursos de que disponen, dos hombres –Gustavo Re asume el papel de contraparte 'esquimalizada'– disputando cada escalón, dispuestos a lanzar al rival escaleras abajo. De aquella contienda se encaramó victorioso el inventor. Una sonrisa pícara pretendía celebrar el triunfo, sonrisa que se desvaneció cuando la puerta que indicaba la línea de meta se abrió para dar salida a un tercer esquimal con perro, un tercero que se les había adelantado. Las tres mil pesetas volaron, la victoria en la cruenta refriega que ensangrentó su nariz se tornó baldía: había llegado demasiado tarde. En esta, la primera de las tres que conforman las 'Historias de la radio' dirigida por José Luis Sáenz de Heredia en 1955, se produce un giro del guion: al fin, como en las otras dos se plantea un final feliz con el que el director pretendió transmitir una imagen amable de los españoles.

Tras las risas del auditorio por la presencia tardía de un segundo esquimal, Isbert relata su porfía, su anhelo; logra silenciar la sala y conmover al presentador, Bobby Deglané interpretándose a sí mismo, que resuelve aportar de su bolsillo las tres mil pesetas. En realidad, lo que queda tras verla, no es más que la miseria de una España arrasada, un retrato fidedigno de una realidad en la que un niño moría de una enfermedad curable, un inquilino –en eso seguimos igual– robaba al arrendador para pagar el alquiler, en la que un científico no disponía de medios para patentar sus descubrimientos. Tres mil pesetas, tres puntos, un final feliz dentro de un drama.

Publicado en "El Norte de Casilla" el 15-12-2024

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