Otro cadáver relacionado con estas
tierras derramó su pútrido hedor a orillas del río Genil. En este caso, a
diferencia de mi casi paisana, la Trastámara reina Isabel, en cuyas últimas
voluntades, testadas en Medina del Campo, instó a sus deudos a que su cuerpo
fuera sepultado en la ciudad de Granada; a diferencia de Fernando, desposado en
Valladolid con la madrigaleña, que tras renegar –infructuosamente a efectos
prácticos– del objeto de su proyecto matrimonial, Germana de Foix mediante,
procuró yacer, siquiera bajo la lápida, con su primera esposa; a diferencia de
Felipe, cuyos restos nada ‘hermosos’, tras su macabro peregrinaje en comitiva
encabezada por la reina Juana, descansaron por fin al lado de los de sus
suegros; a diferencia de la propia Juana que, una vez fallecida, pudo encontrar
la quietud al lado de su marido; los despojos del Real Valladolid no reposan en
la Capilla Real granadina.
La muerte, aunque no fuera aún
consciente de ella, le sobrevino tiempo atrás en una fecha indeterminada. El
ceremonial celebrado en el Estadio Nuevo Los Cármenes se sostuvo en el tan
incesante como vano intento de buscar el pulso en el exánime cuerpo blanquivioleta.
El rival, sin más empeño, certificó un deceso que nos negamos a creer amparados
en unas matemáticas que no formularán lo que pretendemos por más que las
estrujemos, que las amenacemos, que las disfracemos –aprovechamos la
celebración de las carnestolendas–, hasta el inevitable día inevitable. Casi
como recurso psicológico, nos negamos a verbalizarlo, pero en la calle ya se
alzan temerosos murmullos que recuerdan la peripecia de históricos como el
Tenerife, el Dépor, el Málaga o el Oviedo que dieron con sus huesos en los
abismos que se ciernen bajo el infierno de la Segunda División. Temerosos... y
optimistas, me digo, porque rastrean el reflejo en clubes que enderezaron el
curso, que se reimpulsaron para revivir lustres pasados. Pero, ¿y si al Pucela
le da por emular a un Hércules?; peor, ¿y si no le queda resuello para
erguirse, para embravecerse con un arrebato de orgullo, para ponerse un poquito
en pie?
Aquel Sporting de la 97-98, el que
obtuvo los históricos trece puntos que marcan la peor clasificación de un
equipo en la máxima categoría del fútbol español –tan baja que ni el Pucela de
la temporada pasada logró empeorar–, se rehízo y en el curso siguiente alcanzó cincuenta
y nueve puntos, una cifra quimérica desde la perspectiva de un actual Real
Valladolid decadente que enlaza fiascos, que anuda temporadas lacrimógenas.
Hace no tanto, medio en broma medio
en serio, he escuchado a varias personas fieles a Zorrilla, ahítas de los
malhadados topetazos en las temporadas de Primera División, reconocer que
disfrutaban más de las campañas en Segunda, dando por descontado que el número
de alegrías resultaba suficiente para templar el invierno mesetario. Mejor,
resaltaban, cabeza de ratón que cola de león. Hasta este momento en que la
elección ha perdido el sentido. Ratón –si por tal bicho metaforizamos la
categoría actual–, sí pero nada de cabeza. La nueva disyuntiva, la que
dolorosamente se abre, nos sitúa en la tesitura de debatir entre las ventajas
que aporta ser cola de ratón o cabeza de mosca.
Ojalá antes de que concluyan las
dieciséis jornadas pendientes, incluso aunque haya que esperar al último minuto
del último partido, el fútbol regale al Pucela una de esas resurrecciones
insospechadas. Y que, también a diferencia de Isabel y Fernando, de Juana y
Felipe, al fin vuelva a caminar entre los vivos. Y que, entonces, alguien tome
para sí las palabras del escritor mexicano Juan Ruiz de Alarcón, se me plante
de frente, me mire a los ojos y, socarrona, retadoramente, me espete eso de «los
muertos que vos matáis gozan de buena salud», y entierre con desdén este
maldito texto.
Publicado en El Norte de Castilla el 17-02-2026
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