miércoles, 25 de febrero de 2026

CUMPLO CON MI DEBER

 

Fotograma de la película 'La vida de los demás'


Abordamos el odio como germen de acontecimientos violentos que de tanto en tanto transgreden nuestra rutina. A veces, atribuimos al victimario un odio en abstracto que impele un desprecio genérico, que se ampara, se impulsa, al socaire de un proceso de deshumanización de las personas agrupadas, bajo su visión, en colectivos de los que nutre su desprecio. Otras, un odio concreto, una afrenta que rezuma, una deuda pendiente, la desposesión de lo que (o peor, de quien) se consideraba propio. Imbuidos en estos pensamientos, también se nos aproxima el concepto ‘venganza’, que no sé si es odio u otra cosa.

Abordamos el odio porque, en nuestra -envidiable en este caso- simpleza cotidiana, con esa pretensión de comprender los sucedidos, nos preguntamos cuánto hay que odiar para matar, nos mostramos incapaces de plantear conjeturas asentadas en supuestos aún más perversos.

Insisto, conferimos al odio la exclusiva potestad de provocar estos aciagos comportamientos, pero ¿y si no?, al menos ¿y si no siempre?, ¿y si una agresión, un homicidio, se ejecutan con la frialdad propia del operario que desarrolla su labor, respondiendo así ,sin más sentimiento, a una espiral de lógica in crescendo? Crimen sin odio, dicho a la manera de Michael Corleone a su hermano Sonny, “no es nada personal, son negocios”. No se requiere odiar al policía para balear, como no se precisa -si te dejamos ir, compréndelo, chico, después se puede marchar cualquiera- para ajusticiar al que abandona determinadas pandas. Personalmente, me asusta más: ¡qué poco ha de valer la vida para quien mata sin odio! Me asusta porque nos puede convertir -de los dos lados- en parte de esa espiral que aglutina crímenes convertidos en cifras. En la guerra, por ejemplo, el que mata no odia necesariamente al que ha matado. Es un deber. Obediencia, sumisión: valores en alza.

Vuelvo a ver la película ‘La vida de los demás’ (titulada ‘El mal no existe’ en su versión original) del director iraní Mohammad Rasoulof -en su día condenado a cárcel y prohibición de salir de su país por el Tribunal Revolucionario Islámico-, donde muestra esa maldad institucionalizada, burocrática, materializada por personas que en su día a día no difieren de cualquiera de nosotros.

Artículo publicado el 24-02-2026