martes, 24 de febrero de 2026

MEJOR... ERA POSIBLE

 

Foto: Luis Manso-Factoría 9

Deambulaba dubitativo Escribá por los alrededores del estadio masticando las incertidumbres al respecto de qué vestuario se iba a encontrar. Apresuraba el paso cuando, animoso, resuelto, evocaba la imagen de Jack Nicholson interpretando al irritante Melvin, un escritor afectado de un trastorno obsesivo-compulsivo, en 'Mejor... imposible'. En el mismísimo Estados Unidos, centro del mundo, expendedor universal de validaciones democráticas, un niño, Spencer Connelly encarnado por Jesse James, malvive amenazado por unos problemas de salud crónicos que deterioran su vida y le condenan a una muerte temprana. Su madre, Helen Hunt metamorfoseada en Carol, una camarera exhausta, superada por momentos, por una vida condenada a la fatiga, pretende cubrir todas las necesidades de Spencer. Pero su sueldo no puede alcanzar ni de lejos los costes sanitarios requeridos. Melvin, primero necesitado y después enamorado de Carol, satisface los gastos que permiten al desahuciado chaval vivir sin tos y sin miedo. Escribá en ese momento se siente Nicholson creyendo que el Pucela, como Estados Unidos, cuenta con recursos pero carece de un sistema que solvente, al menos como aquí lo entendemos, los problemas de salud.

De repente, ralentiza el paso. ¿Y si...? Otro niño convaleciente, este –interpretado por Carlos Acevedo en 'Historias de la radio'– en la España de los cincuenta se muere de una afección reparable al otro lado de los Pirineos. En este caso, teme Escribá, solo un milagro, una concatenación de circunstancias fortuitas, un programa de radio, un pueblo empeñado, un maestro implicado, un sorprendente giro argumental, permitieron una pervivencia que la realidad negaba. De ser así, ¡ay como sea así!, lamenta el técnico, ni recursos, ni sistema, estamos a expensas de la gracia del dios del fútbol.

Tocaba entrar y cotejar, valorar si cuenta con recursos para, de obtener una respuesta afirmativa, posibilitar el acercamiento a un sistema que pueda sanar. Manejaba informes, pero estos reflejan menos de lo que ocultan. Bien sabía que en estas horas perras de poco valen los nombres y las trayectorias, los datos recabados en otros lares, en otras circunstancias. Urgen unas costuras que subsanen las fracturas de alma, acucia adecuar la disposición mental de unos jugadores que perdieron la relación de su nombre con el rendimiento requerido.

Imagino un encuentro similar al que, medio espantado, medio risueño, me relató un amigo que tuvo con sus alumnos de Lengua. Tenéis muchas carencias de vocabulario, les espetó. ¿Ca... qué? Le preguntó uno.

Escribá se consoló recordando al condenado a lapidación por blasfemar de 'La vida de Brian'. ¿Es que puedo estar peor?, replicaba segundos antes de ser apedreado. De alguna manera, las circunstancias de este Pucela ofrecen una impunidad que relaja.

Comenzó el partido en Gijón. Seis minutos. El futuro se parecía demasiado al mustio pasado. Escribá agachó la cabeza. Y todos con él. Apenas dos horas más tarde, el semblante, los semblantes, abandonaron el decaimiento. Como el escritor obsesivo-compulsivo, como el humilde maestro de escuela, Escribá provocó la sonrisa del niño Pucela. ¿Preámbulo de la recuperación? Veremos. 

Artículo publicado en El Norte de Castilla el 23-02-2026