martes, 9 de agosto de 2005

POETAS CONTRA CONTABLES

El fútbol es un debate entre dos concepciones sociales, entre dos maneras de vivir. Vituperado por pretendidas élites intelectuales, espectáculo circense para anestesiar al pueblo, sobrevive casi como fue ideado. Mas no es una fruslería cebada a merced de la moda televisiva. En la prehistoria de esta sociedad de la información ya era un fenómeno que cautivaba a las gentes y cada sociedad lo vivía, jugaba y expresaba acorde a su idiosincrasia;  el alegre fútbol de la calle brasileño, el elegante francés, el industrioso alemán, el primitivo inglés...hasta el de los equipos actuales, aderezo mestizo en el que confluyen diversos caracteres.

Hoy, ya ayer para usted, tras el paso por el cernedor de dieciséis selecciones, se juega la final de la Eurocopa. Nuestros paisanos, esa columna que sustenta el oeste ibérico, al que tantas veces clavamos la navaja de mirarle con desdén por encima del hombro o ni le mirábamos, esos vecinos que ven desaguar a nuestro padre Douro, pretenden el título frente al ultradefensivo Coloso de Rodas.

Los lusos, tras años de saudade, esa añoranza abrigada de antigua grandeza y esplendor que “sin duda se restaurará”, creerán por un día que su rey Sebastián regresa vivo de su periplo reencarnado en esos africanos de Portugal, tenaces, incansables, correosos, que dotan de solidez al equipo, aunque ellos se consideren hijos naturales de pueblos empobrecidos por esa pérfida colonización, materia prima arrancada por la metrópoli. Portugueses de origen, africanos de ascendencia, brasileños asimilados, conforman un equipo de esos que agrada ver ornado con solistas que elevan en éxtasis a los aficionados. Al fútbol, por este lar, debemos la gracia de acercarnos a un vecino.

Frente a ellos el fútbol sin fútbol de los griegos, una selección que ejerce de acicate al talento por contraste. Un equipo de once desconocidos que escamotean el arte, sólo conocen una partitura y la interpretan tercamente hasta almidonar las del contendiente. Once tramperos del buen fútbol que pueden extender el fácil discurso de reandar la senda del que triunfa a cualquier precio o estimular la capacidad del rebelde, del poeta, de quién pretende armonizar ética y estética en su cotidiano deambular.


Camoes recita Os Lusiadas frente a un grupo de aedas declamando la Ilíada. A los amantes de la lírica sólo nos queda Iván de la Peña. Pero tenemos que esperar hasta septiembre. 

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