Nada más
llegar a las instalaciones de El Norte de Castilla, al entrar en la sala de
televisión desde la que realizamos el seguimiento de los partidos del
Pucela tanto para materializar la transmisión online como para tomar las notas
preparatorias de los artículos que conforman el paginado referido al encuentro,
me topo en la pantalla con el pitido final del partido precedente en esta misma
Segunda División, un Almería-Granada que enfrentaba a un puntero local con un
visitante clasificatoriamente lánguido. El resultado final –un tres a dos que
encarama, siquiera provisionalmente, al club indálico a un puesto de ascenso
directo y zambulle a los nazaríes en la zona abisal– mostró de súbito las dos
ópticas extremas y antagónicas en las que se alinea la afición del Real
Valladolid: la idealizadora y la agorera. Y no tanto una parte a un lado y
otra, inmiscible con aquella, al otro. No. En muchos casos, la misma persona se
dispone en una u otra condición en función de la hora del día, del día de la
semana, de forma que cualquier minucia pendulea su disposición anímica.
–Buen
resultado para el Pucela –apuntó alguien cuyo nombre omitiré por no escribir
que fui yo.
–¿Qué dices?
Si el Almería va delante, nos favorece que pinche –corrigió alguien al alguien
de antes.
–Ya –apostilló
el que no diré que era yo–, pero si el Granada hubiera vencido, además de
sumarse al listado de los que habrían alcanzado al Pucela, hubiera elevado la
línea de agua que marca la salvación.
–A estas
alturas me niego a mirar hacia abajo –cerró el interlocutor optimista.
Claro, bien
está, pensé en ese momento justo en el que la conexión televisiva nos
desplazaba a Zorrilla, que los de fuera contribuyan, pero de poco sirve el
auxilio si el Pucela no cumple, para más o para menos, con su cometido.
Entrenador nuevo, además. ¿Aire renovado o más de lo mismo? Veremos. Y vimos.
El péndulo, oscilante por definición, a lo suyo. Al desaliento de la primera
mitad, este cuento ya lo habíamos visto, le sucedió el denuedo de la segunda en
la que la hueste blanquivioleta amilanó al minutos antes jactancioso Racing. Le
amilanó y le hirió con un gol ejecutado gracias a la táctica del despiste. Tras
lanzar tres córneres consecutivos en los que la pelota no sobrepasó la altura
de la rodilla, dos de ellos ni la del tobillo, el inmediato cuarto alcanzó la
altura precisa. Así, mientras los defensas del equipo cántabro se acostumbraron
a defender el subsuelo, un blanquivioleta, conocedor del ardid, se impulsó
hasta el cielo para rematar expedito y elevar la masa pendular a la altura de
la euforia.
Euforia que se
desvaneció, mediante árbitro, VAR mediante, cuando el colegiado, tras consultar
la maquinita, auspiciado por un ya sólito espíritu rigorista, señaló penalti
tras un contacto leve e intrascendente para el desarrollo posterior de la jugada.
Decisión pertinente, incluso atinada, de haber sido pitada a la primera, en el
instante preciso. Un desbarre contra la esencia del juego, cuando la resolución
admite estudio.
Otra semana
más en la que el movimiento ondulatorio desasosegará a la perdida masa
pucelana.
Artículo publicado en El Norte de Castilla el 4-01-2026