De adolescente,
estudiando la Historia de aquella manera en que saltábamos de siglo con solo
pasar página, deduje que vivíamos en una época demasiado aburrida; al fin y al
cabo no se ‘descubrían’ continentes, las guerras sonaban efímeras -nunca
alcanzaban los cien, ni los ochenta, ni siquiera los treinta años- y las
fronteras que teníamos más a mano permanecían inmutables. ¡Qué envidia del
pasado!, clamaba en silencio. Craso error, me contradije al poco, antes incluso
de la apertura en canal de los Balcanes. Después leí que Winston Churchill,
reseñando su presente, amparándose en el pasado, apercibió de lo venidero,
cuando advirtió de que en los Balcanes se “produce más historia de la que se
puede consumir”.
Huelga decir que
en este presente estamos desencadenando jirones de incidentes, escribiendo
páginas, a un ritmo que satura al mundo, que acelera a ojos vista los procesos
de producción, que dirige a un colapso -cada día más inevitable- por
incapacidad de digerir tamaña deglución de historia.
Un ritmo
desaforado que nos arranca de un pasado reconocible por definición y nos
traslada a un futuro que, si bien -y también por definición- nunca pudo
predecirse-, nace con las huellas borradas, con los mapas desvencijados, sin
‘gepeeses’ vitales.
Un ritmo
consecuente de la vorágine cotidiana de unas sociedades exangües por exigentes,
competitivas, que no necesariamente competentes, y depredadoras a un límite
tendente a infinito con el que se sobrepasa diariamente cualquier cota de
‘todovalismo’. Sociedades que se
desprenden paulatinamente de lo imprescindible, que cuestionan -la propia
aceleración impele a cuestionar- los recursos imprescindibles para una mínima
armonía, mientras obliga para la subsistencia a trabajar innumerables horas en
labores grotescas. Sociedades ahormadas, hasta el punto de que Max Weber se
llevaría las manos a la cabeza, por una ahormada ética protestante al nuevo
espíritu del capitalismo. El imperio impone, aun calladamente.
Mientras, eso sí,
una comunidad autónoma poblada por irreductibles castellanos y leoneses
resiste, todavía y como siempre, al frenetismo invasor. Quieta, tranquila,
haciendo como si nada pasara por más que ocurra, espera que se abran las urnas
para que cierren y todo siga igual. O más o menos.
Publicado en El Norte de Castilla el 27-01-2026
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