lunes, 20 de marzo de 2017

MOMENTO DE CAMBIO

Hay momentos en la vida en que te cambia la perspectiva. Duran un instante, un apenas nada que te sitúa en otro plano diferente a ese en que, aunque fuese por simple inercia, tú mismo te ubicabas un segundo antes. Una frase sencilla, una imagen fugaz que te atraviesa el cerebro, son suficiente empujón para voltear tu punto de visión. Uno siente que ha dejado de ser un niño ese día que, con trece o catorce años, estás jugando un partido de fútbol sala y alrededor merodean unos mocosos. Hace nada tú eras uno de esos, les miras con cierta displicencia, te sabes mayor que ellos pero sientes que son de tu categoría. De repente, se les escapa la pelota con la que juegan y cae cerca de ti. Uno de los mocosos te avisa: «Eh, señor, por favor, nos puede acercar el balón». Ese ‘señor’ atruena en tu cabeza. Un rato antes tu padre te había reñido por cualquier cosa; ahora se dirigen a ti con un ‘por favor’, tratándote de ‘usted’ y llamándote ‘señor’. Los niños ya no te ven como uno de los suyos, ya no eres uno de los suyos.

Otro día, mucho más adelante, te llama una señora –sí, tú dices una señora– para ver si puedes dar unas clases de matemáticas a su hijo. Quedas, claro. Hasta ese día, tus alumnos eran, para ti, casi compañeros, gente poco menor que tú con la que tienes casi todo en común. Mirabas a sus madres y padres como a los tuyos, con el respeto y la distancia propia de quien se dirige a personas mayores. El tiempo ha ido pasando ladinamente sin que te percataras. Hasta ese día, hasta ese instante en que abres la puerta y te desmadejas al descubrir que, así, sin querer, has pensado que qué guapa es la madre. Los alumnos, entonces, pasan a ser chavales, tú te acercas a otra dimensión.
Años después, una tarde cualquiera, suena el teléfono. Es tu madre. Conversas con ella habitualmente. Siempre te dice, te recuerda, te aconseja, se interesa. Los estudios primero, el trabajo después, tu hijo más tarde. La conversación, si todas ellas se pudieran convertir en una, ha ido evolucionando sin que lo percibieras de forma notable. Hasta el miércoles. Coges el teléfono, hablas con ella casi como cualquier otro día, hasta que de repente te espeta: «¿Cómo tienes el colesterol?». En ese instante, oficialmente, pasas a ser una persona mayor sobre la que empiezan a cerner los achaques de la edad. Ya no es solo que te duelan las rodillas por la mañana o no alcances, ni de lejos, a hacer lo que antes te resultaba sencillo; ahora tu madre certifica, con su nueva preocupación, que has entrado en otra fase.
Un fin de semana cualquiera, tras unas semanas en las que las cosas no habían salido como estaba previsto escondidas en paños calientes, un equipo, sea el Levante, te vapulea. No es que pierdas, no; es que recibes un meneo en condiciones. La zozobra te hace saber que estás mucho peor de lo que pensabas, que tu nivel es otro distinto –peor– del que creías y eso conlleva que te cuestiones tu trayectoria, tus cimientos. El desconcierto puede tumbarte pero para eso está un entrenador, para actuar con frialdad, para, en medio de la marejada, enterarse de lo que ocurre para adecuar la trayectoria a las nuevas circunstancias.
El padre Herrera así lo entendió y, de repente, modificó el libreto. Es palpable, eso parece, que confía en la actitud de los jugadores pero entendió que tenía que modificar algo que requiriera un toque, un aviso y reubicó a los jugadores. Ese cambio de sistema obliga a una reinterpretación de la labor que hay que desarrollar y exige unas nuevas exigencias. Los jugadores, así, tras el revolcón, se encontraron con un toque de atención que facilitaba el olvido de lo que fueron y espoleaba el compromiso con lo que querían ser.
Era un riesgo, claro, podría haber acabado peor, pero los hados se pusieron de parte del Pucela. La nueva dinámica no produjo ninguna mejora en el juego aunque sonrió en esos números que, en determinados momentos, tapan todas las miserias. Si este triunfo sirve para reforzar la moral, para apuntar la autoestima, bienvenido sea; pero si el camino consiste ahora en esperar que la fortuna apunte cada día en la misma dirección, este giro habrá cumplido la labor del autoengaño. Sí, se habrá asumido, lo que siempre es positivo, que la propuesta anterior se había agotado; pero la respuesta al problema puede convertirse en un problema mayor.
"ERA UN RIESGO, PERO LOS HADOS SE PUSIERON DE PARTE DEL PUCELA"

Publicado en "El Norte de Castilla" el 20-03-2017 

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