martes, 10 de marzo de 2026

Y SI ESTA VEZ SÍ…

 

Foto: Carlos Gil-Roig

Aunque sepamos, ¡cómo no!, que sobre el fútbol se apila un mastodóntico negocio -que, como tal, se ciernen sobre su entorno sospechas de turbios contubernios en los andamios del poder, barruntos de irregularidades en la gestión, recelos sobre designaciones y actuaciones arbitrales y suspicacias al respecto de las decisiones de los diversos comités- aún sustentamos la convicción de que en el verde se mantiene un algo de esa sugerente verdad que tanto atrae. Tampoco albergamos una ingenuidad pueril como para asumir acríticamente que el campo no alberga fraudes, que al balón no le mueven asechanzas, pero –al menos a mí– me envuelve la certeza de que ahí, en el propio desarrollo del juego, existe el poco de materia salubre en este muladar.  

 

El poco de verdad y, de tanto en vez, de hermosura. De ese encanto que bien aprendió a discriminar ‘postura’ entre tanta ‘impostura’; que destierra la apariencia para acoger a la sencilla esencia. No resulta imprescindible para ello acudir a escenarios deslumbrantes, ni se requiere alinear a futbolistas a cuya notoriedad se acude como moscas al panal, basta con disponer de jugadores capaces de manejar los arcanos de su profesión, de entrenadores aptos para comprender y transmitir las complejidades de un modelo de juego –como indica el catón: avezados para elegir a los mejores, para colocarlos de la manera que mejor rindan y mantener dispuesto y, a ser posible, contento al mayor número de los peloteros del resto del plantel– y de una voluntad compartida por todos los protagonistas de respetar el espíritu de un deporte que tanto se encuadra en un juego como desempeña la declaración simbólica de una representación.

 

Viene a cuento esta reflexión rumiada a lo largo del partido en que el Pucela rendía visita al Málaga C.F. porque, desde la atalaya blanquivioleta cimentada en los dos últimos años, apenas hubo ocasión para –más allá de los efímeros festejos por alguna inusitada victoria– observar un desempeño que posibilitara regocijarse con la verdad de la propuesta, espoleara el aplauso a la convicción en la porfía y estimulara al paladear la belleza de la puesta en escena. Una miscelánea de gratas sensaciones que no requirieron –por más que hubiera sido deseable– el colofón de los tres puntos para acicalar una noche de reconciliación entre la mentira vestida de blanquivioleta que, tras los dos años antes recordados, aspira a dejar de serlo y una afición famélica, hambrienta -a la manera de ese hombre del sur protagonista del ‘Asturias’ de Víctor Manuel- “de pan y horizontes” tras subsistir sometida a una dieta de “polvo, sol, fatiga y hambre”.

 

Y todo ello pese a que, apenas transcurrido un cuarto de hora, quien más, quien menos, entendía amortizado el efecto provocado por la llegada de Escribá al banquillo, asumía que los saberes del nuevo técnico no estiraban más que para aprovechar el efecto suflé propio de la aportación de un recién llegado. Craso error por partida doble. De una parte, por la impaciencia inherente al aficionado, más obviamente la referida al resignado devoto pucelanista poco habituado a gratas perplejidades. De otra, debido a que, en el fútbol, un mandoble inicial puede amilanar al más pintado sin que de forma necesaria quede invalidada su propuesta. Pues bien, muy al contrario, el presto arrebato blanquivioleta desterró inquietudes: cuando más se temía el retorno a la nada, el equipo se expandió para ofrecer la mejor media hora de fútbol en mucho tiempo. Un ‘creer para remontar’ que no impidió perseverar en las acometidas pese a que, una tras otra, negaban la conversión del esfuerzo y la demostración de aptitud en algo contable. Cuando el gol llegó, la ‘reilusión’ ya se había corporeizado.    

 

Y todo ello pese a una retaguardia transparente, negada en la labor de evitar el peligro en cualquier acercamiento rival, una defensa capaz de arrojar cubos de agua al fuego recién descubierto.

 

Y pese a todo ello, el Pucela esquivó la derrota y, sobre todo, transformó la imagen ofrecida, reconformó la consciencia de sí mismo. Un ‘remontar para creer’ con potestad para cerrar -siquiera por esta vez- un largo ciclo aciago. Demasiado largo. Demasiado aciago.

Artículo publicado en El Norte de Castilla el 09-03-2026