domingo, 14 de enero de 2018

LA MALDICIÓN DEL PRIMER MATRIMONIO

Ha transcurrido más de un siglo y la secuencia siempre se repitió de la misma forma. Todas las mujeres de las últimas cuatro generaciones de la familia Lefebvre fueron sucesivamente encontrando la felicidad –la estabilidad, la armonía o el factor que sea que permita que un matrimonio se consolide– tras las segundas nupcias una vez que el primer intento hubo sido fallido. Isabelle, una joven del clan, comparte vida y proyecto con Pierre. Querría casarse pero, atormentada, no se atreve al haber interiorizado aquella circunstancia como una maldición de la que no podría escapar. Los signos que denotan ilusión, sin embargo, vuelven a  dibujarse en su rostro cuando su cabeza pergeña una idea en apariencia infalible: habrá de encontrar un hombre con quien casarse para, inmediatamente, firmar los papeles del divorcio. De mostrarnos las vicisitudes de la puesta en práctica del plan se encargó en el 12 Pascal Chaumail con su «Llévame a la Luna», una de esas comedietas románticas que tanto valen para unas risas como para una siesta. 
Luis César, el entrenador del Pucela, reconoció esta semana que su primer matrimonio tocaba a su fin, que ese juego alegre y vistoso del que se enamoró y con el que compartió tiempo e intimidad no le procuraba ya la consistencia vital necesaria para mantener avenidos a los miembros de una pareja. Lo de ‘contigo pan y cebolla’ no se estila en el impaciente mundo del fútbol, sin puntos no hay relación que se sostenga. Ahora, más por interés que por amor, Luis César pasea agarrando la cintura de un fútbol cicatero, de un juego sin alegría ni aventura en el durante. Un tostón que solo se sostiene si el plato rebosa de puntos, si a la tristeza del juego le da continuidad la alegría por el resultado. 
Ayer fue así. El Valladolid exhibió un fútbol rácano, los jugadores se dispusieron en su mayoría tras la línea del balón. El objetivo básico –me atrevería a decir que el único innegociable– era mantener la puerta propia incólume y ya, si casualmente salía alguna pieza a tiro intentar abatirla. Salió cara. El bisoño rival apenas inquietó la meta de Masip y el Valladolid cazó la que tuvo. Hervías, balón en pie,  profundizaba por la banda. Mata, zorro viejo, esperaba discreto en el área. Amagó con ir hacia adelante, con acercarse a la portería, y los centrales azulgrana le siguieron. De repente, ante el desconcierto de los marcadores, frenó y volvió sobre sus pasos. Otros dos pasos, ahora hacia un costado, mientras el balón volaba le sirvieron para llevarse la pieza al zurrón. 
A tenor del resultado podríamos decir que este segundo matrimonio del entrenador arranca con buen pie y apunta a que puede ser el que aporte la estabilidad requerida. Pero Luis César no es mujer –que se sepa–, ni forma parte de la cabila Lefebvre, por tanto, no existe garantía de que la pareja se consolide. Es más, me da por creer a quien dice que aceptó la segunda boda para guardar las apariencias en el entorno y que, en cuanto pueda, volverá con el fútbol al que ama –aunque sea dando una vuelta a la relación – para poder alcanzar la anhelada Luna. Al fin, es un error pensar que la propuesta ofensiva decayó por ser ofensiva en vez de por estar mal planteada o ejecutada; es un yerro creer que la estrategia defensiva sirve siempre por haber sido eficaz una vez. 

Publicado en "El Norte de Castilla" el 15-01-2018

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