Humo en una refinería de petróleo de Shahran tras un ataque aéreo en Teherán. Efe
De nuevo, un
sobresalto bélico: la tan insensata como codiciosa astracanada en Irán. De nuevo la escenificación de este mundo
perenne siempre en manos de un grupúsculo que, en su afán por acumular poder,
impone al resto la obligación de matarse.
Y mientras, ese
resto se viste argumentalmente acomodándose los calzoncillos por encima de los
pantalones: primero observo dónde me coloco/colocan; posteriormente,
rebusco/memorizo premisas justificadoras; para concluir debatiendo/recitando sartas
de consignas o -perdón por el eufemismo- letanías de distorsiones.
Aun consciente
de esta realidad, aun previendo que los habré de escuchar, algunos pareceres -los
que supeditan al mero interés la decisión de involucrarse en una guerra- me
rechinan. Envuelto el discurso -bien por contradicción, mera apariencia o mal
disimulado miedo- en el boato de la valentía, oír la conveniencia de apuntarse
al carro ganador para evitar represalias del imperial, me provoca por este
orden pasmo y recelo. Entonces acude a mí la certidumbre de que los que a la par se muestran tan
fuertes con los débiles como débiles con los fuertes se consideran a sí mismos
fuertes sin detenerse a constatar su naturaleza de vasallos ensoberbecidos.
Encaramados estos en el peldaño de una pretendida consideración, cuestionan a quienes
apuntalan su vigor frente los poderosos mientras traslucen su delicadeza ante
los vulnerables. Al final, esa actitud desmonta su estructura mental y les deja
en evidencia. Esa actitud y no otras, porque tanto al poder como a sus
adláteres no les preocupan quienes ofrecen debilidad ante los débiles -falsos
compasivos- y débiles contra los fuertes -cobardes llegado el caso-. Tampoco les
incomodan quienes expresan tanta animadversión contra débiles como contra
fuertes. Les mostrarán como tarados a los que, albergando buenas ideas e intenciones,
se les va la olla.
Tampoco comparto, aun coincidiendo en
el hecho de no respaldar la embestida militar, que la decisión resulta adecuada
para evitar que, como país, tengamos que volver a sufrir otro infausto
11-M. A veces -insisto, ni por forma, ni
por intenciones estamos en este caso- corresponde retribuir con un alto precio
la defensa de los valores. Sobreviven los que se adaptan, sí; pero una cosa es
eso y otra empequeñecerse compitiendo en la adaptación.
Artículo publicado en El Norte de Castilla el 10-03-2026