Allá por junio o
julio, cuando fuera que se presentase el calendario de la temporada, la visita
del Cádiz CF a Valladolid fijada en el anuario liguero para la Semana Santa
sonaba a cita grande: dos equipos cuyos nombres retrotraen a épocas de
lascivias futbolísticas; dos clubes cuyas camisolas han engalanado el cuerpo de
algunos jugadores de los que conforman, si no la crema, al menos el bizcocho de
la tarta histórica; dos sociedades que no reniegan de sus historias para
aspirar al espacio que ocuparon apenas un suspiro atrás; dos ciudades que
crecieron sintiéndose un centro que concentraba y ahora pretenden evitar el
inexorable -al menos todo lo inexorable que concede la tornadiza historia-
destino de ejercer de una periferia que dispersa.
Cita grande
datada a una altura trascendente de la competición: apuntada quedó para la
primera de esas últimas diez jornadas en las que, a tenor de las palabras de
Luis Aragonés admitidas como axioma futbolístico, se definen los resultados de
la contienda. En juego pues los primeros tres puntos de los treinta
definitorios. Se define la nota del curso, sí, pero una vez que la temporada ha
limitado el objetivo de tales cálculos. Porque, en esta decena de partidos,
tanto el Pucela como el Cádiz no podrán culminar las aspiraciones que
vislumbraban cuando se cerró el calendario. Ni las que aún mantenían -y fueron
dilapidando- en agosto, septiembre, octubre… Desde esta perspectiva, el axioma
desciende a la categoría de dogma para crédulos que alimenta la fe del
carbonero.
Aquel partido
pretendido grande, con el paso de las jornadas, se ha cerrado en una contienda
espectral de dos cadáveres. La Semana Santa perfilaba, además, el contexto
lúgubre del encuentro: una Santa Compaña de dos almas que pretenden -y para eso
les quedan los diez últimos partidos- agarrarse a la sustancia carnal de una
categoría que, denostada al principio como refugio de torpes del que se
pretende escapar, te mantiene en el listado de los vivos. Más que
previsiblemente, uno de los dos escuchará el sonido de una procesión
semanasantera entonando aquella canción compuesta por Cesáreo Gabaráin que
también se canta en la iglesia de mi pueblo cuando un paisano concluye el recorrido:
“Tú nos dijiste que la muerte no es el final del camino”. Un resueno inesperado
e inexplicable a priori, temido y demasiado entendible a día de hoy.
De la batalla
espectral, los amarillos salieron muy malparados, no aguantaron la comparación
ni siquiera con este afligido Pucela que aspira a
mantenerse en vida más porque la guadaña se limita a cortar cuatro pescuezos
que por los méritos alcanzados. Podría ser que -en el caso de que el
Zaragoza se imponga el jueves al Leganés- la separación blanquivioleta de la
línea de corte se mantenga estable. Poco consuelo en principio, huir de la
quema para avistar el fuego desde la misma distancia, pero no: además de la
fuerza del impulso, el avance de estos tres puntos introduce a más gente en la
pista de baile. Mal de muchos, consuelo de los que libran la cabeza. Y hoy el
Pucela respira mejor, al menos mejor que otros. Mañana veremos, ya será otro
día.