viernes, 3 de abril de 2026

CITA DE SUPERVIVENCIA

 

Foto: A. Mingueza

Allá por junio o julio, cuando fuera que se presentase el calendario de la temporada, la visita del Cádiz CF a Valladolid fijada en el anuario liguero para la Semana Santa sonaba a cita grande: dos equipos cuyos nombres retrotraen a épocas de lascivias futbolísticas; dos clubes cuyas camisolas han engalanado el cuerpo de algunos jugadores de los que conforman, si no la crema, al menos el bizcocho de la tarta histórica; dos sociedades que no reniegan de sus historias para aspirar al espacio que ocuparon apenas un suspiro atrás; dos ciudades que crecieron sintiéndose un centro que concentraba y ahora pretenden evitar el inexorable -al menos todo lo inexorable que concede la tornadiza historia- destino de ejercer de una periferia que dispersa.

Cita grande datada a una altura trascendente de la competición: apuntada quedó para la primera de esas últimas diez jornadas en las que, a tenor de las palabras de Luis Aragonés admitidas como axioma futbolístico, se definen los resultados de la contienda. En juego pues los primeros tres puntos de los treinta definitorios. Se define la nota del curso, sí, pero una vez que la temporada ha limitado el objetivo de tales cálculos. Porque, en esta decena de partidos, tanto el Pucela como el Cádiz no podrán culminar las aspiraciones que vislumbraban cuando se cerró el calendario. Ni las que aún mantenían -y fueron dilapidando- en agosto, septiembre, octubre… Desde esta perspectiva, el axioma desciende a la categoría de dogma para crédulos que alimenta la fe del carbonero.

Aquel partido pretendido grande, con el paso de las jornadas, se ha cerrado en una contienda espectral de dos cadáveres. La Semana Santa perfilaba, además, el contexto lúgubre del encuentro: una Santa Compaña de dos almas que pretenden -y para eso les quedan los diez últimos partidos- agarrarse a la sustancia carnal de una categoría que, denostada al principio como refugio de torpes del que se pretende escapar, te mantiene en el listado de los vivos. Más que previsiblemente, uno de los dos escuchará el sonido de una procesión semanasantera entonando aquella canción compuesta por Cesáreo Gabaráin que también se canta en la iglesia de mi pueblo cuando un paisano concluye el recorrido: “Tú nos dijiste que la muerte no es el final del camino”. Un resueno inesperado e inexplicable a priori, temido y demasiado entendible a día de hoy.  

De la batalla espectral, los amarillos salieron muy malparados, no aguantaron la comparación ni siquiera con este afligido Pucela que aspira a mantenerse en vida más porque la guadaña se limita a cortar cuatro pescuezos que por los méritos alcanzados. Podría ser que -en el caso de que el Zaragoza se imponga el jueves al Leganés- la separación blanquivioleta de la línea de corte se mantenga estable. Poco consuelo en principio, huir de la quema para avistar el fuego desde la misma distancia, pero no: además de la fuerza del impulso, el avance de estos tres puntos introduce a más gente en la pista de baile. Mal de muchos, consuelo de los que libran la cabeza. Y hoy el Pucela respira mejor, al menos mejor que otros. Mañana veremos, ya será otro día.

 Artículo publicado en El Norte de Castilla el 02-04-2026