miércoles, 15 de abril de 2026

MIEDO REPARTIDO, MIEDO QUE REPARTE

 



 

Foto: Rodrigo Jiménez

Entreviendo la muerte de cerca, el profesor de Literatura en la Universidad de California en Berkeley, el gijonés Antonio Miguel Albajara regresa, tras muchos años alejado –obligado a distanciarse físicamente primero, apartado mentalmente como personal consecuencia después– en todos los sentidos, a la que fuera su tierra de infancia. En su recorrido catártico, en su ‘Volver a empezar’ arrebatado de añoranzas, quizá, casi seguro, revisitando, con unos ojos entornados dispuestos a abrir la puerta del alma, las imágenes de la vida que pudo haber sido, que no pudo ser, atraviesa –conjugando entereza y agitación– la bocana de los vestuarios de El Molinón. Ahora, recién atravesada la línea sobre el césped que delimita el terreno de juego en el que, aún barbilampiño, aspiraba a destacar en eso del fútbol vistiendo la camiseta blanquirroja de su Sporting de Gijón, quieto, contempla el estadio vacío, ese ‘esqueleto de multitud’ que precisara Mario Benedetti. Coteja la obra de ampliación que muestra la penetración social de aquel juego en la sociedad española, y a su vez la apertura al mundo de un país que se aprestaba a organizar el siguiente Mundial, el del 82, con El Molinón como una de sus sedes. Recrea carreras, hilvana pases, trenza jugadas, vislumbra remates, anota goles... que nunca ocurrieron. Levanta la vista, de derecha a izquierda, en un giro de 180 grados, su cabeza recorre pausadamente la grada, recoge los aplausos que nunca le permitieron recibir, que siente que le hurtaron; que qué más da, se consuela. Al final de la requisa, la mirada del ya premio Nobel de Literatura interpretado por Antonio Ferrandis se topa con la colada –camisetas pantalones, toallas, medias, chándales– de cualquier día entresemana colgada de un tendal anclado en un fondo.

Cada vez que escucho ‘jornada retro’, además de removerme por la sensación de impostura, me asalta esta escena de la oscarizada película que dirigiera Garci. Los tiempos me desmienten, pero siempre entendí que revisitar nuestra peripecia vital no consiste tanto en poner camisetas en el escaparate cuanto en recordar lo que fuimos, en asumir que la vida ha seguido su curso y que lo que llamamos ‘evolución’ no era entonces más que un camino entre otros muchos que no se tomaron. La actual espectacularización de cualquier empresa supone el resultado de un progreso entendido como «Acción de ir hacia delante», no necesariamente como «Avance, adelanto, perfeccionamiento».

Y una certeza. En nada, este tiempo será retro para el que inexorablemente se acerca. Al final, para Ferrandis aquel Rubio llamado Maceda proyectaba la idea del fútbol moderno frente al suyo de medio siglo atrás.

Con una camiseta (similar a la) de antaño o con la blanquivioleta habitual en estos plúmbeos y afligidos años, el Pucela disputó un partido que –así nos temíamos apenas hace una semana– podría haber comenzado con el equipo situado de lleno en zona de descenso. No solo se disiparon los temores, sino que, además, arrancó con la garantía de que la distancia al descenso, esos cinco puntos escondidos bajo el colchón, no disminuiría. Aun así, el miedo le despojó de cualquier intento osadía y el Pucela se condujo como las familias de mi pueblo cualquier lunes de aguas que amenace precisamente con aguas: la cesta en la mano, pero los pies quietos, atenazados, ni ‘p’alante’, ni ‘pa'trás’, no vaya a ser que...

La SD Eibar, con no menos pánico, dejó de lado la etiqueta de ‘mejor equipo de la segunda vuelta’ para limitarse a contener, no errar y, si acaso, cazar alguna. Será que la camiseta, el nombre, amedrenta y por aquella zona de Guipúzcoa, el Valladolid aún impone respeto. En esta categoría veremos en lo que queda muchos partidos así. Miedo repartido, miedo que reparte.

 Artículo publicado en El Norte de Castilla el 15-04-2026