martes, 21 de abril de 2026

OPTIMISMO EMPEÑADO

 

Foto: Martín Silva-Factoría 9

Mezclemos dos ingredientes: el traqueteo de mi cabeza, el propio del cerebro de un tipo con problemas de atención que se dispersa incluso sin necesidad de excusa, y la indecorosa puesta en escena del Pucela en el desolado escenario del Nou Estadi d'Encamp. Tengamos en cuenta el tubo de ensayo en el que se combinan los elementos: la imperiosa búsqueda de un subterfugio para alentar una traza de optimismo –descartado en esta ocasión el entusiasmo irracional, una veta siquiera– sin la cual la labor de cualquier aficionado carecería de sentido. Este, por definición, se aferra a cualquier señal conveniente por grotesca que parezca, deposita algún exvoto en cualquier altar imaginario con la pretensión de doblar los designios de la lógica, se empeña con oblaciones esperando que los dioses cumplan la parte de un tratado que jamás firmaron. Actúa así, incluso, el catastrofista histórico, el derrotista con ínfulas, el eterno agonías o el agorero ventajista incapaz de apearse del 'ya lo decía yo'. Bueno, de este último no estoy seguro porque antañazo escuché una conversación entre un joven mi padre, laudando a un paisano octogenario su buen aspecto, y este anciano replicando su mala sensación vital.

–No termino el año, lo has de ver –apostilló cabizbajo.

–No fastidie, hombre, no tiene pinta –atenuó mi padre el tremendismo–.

Contradicho, el anciano se vino arriba.

–Apuéstate lo que sea.

–Te conozco de sobra –cerró mi padre–, eres tan cabezota que con tal de ganar eres capaz de colgarte.

Cuando tiempo después, leí de Delibes en 'El disputado voto del señor Cayo' un pasaje idéntico, aunque llevado a término por 'el señor Paulino, echador de cartas', que 'las dobló' en la fecha señalada, tuve la certeza de que para determinada gente 'tener la razón', que no la razón, supone su bien más preciado, gente –alguna incluso generosa– capaz de dar todo menos la razón.

Mi desparramada cabeza, decía, al lamentar el indecente arranque blanquivioleta, se acordó de unas clasificaciones sectorizadas en las que el Pucela aparecía como tercero teniendo en cuenta los enfrentamientos con los seis primeros de esta Segunda División y decimoctavo cuando los rivales eran los seis colistas. Bien, pensé: se le da mejor a este equipo contraponerse a los buenos que le colocan en el campo que, impelido a generar, enfrentarse a los colistas. Bien, me incidí: el FC Andorra, aunque no forme parte del sexteto patricio, a buen seguro porque le penaliza cierta inconsistencia, destaca por su calidad técnica y posicional; nos colocará, aguantaremos y aprovecharemos alguna.

Bien, me insistí: se cumple la tesis, pasan los minutos y no encajamos, ya asustaremos. Y pasan, y pasan. Hasta que dejaron de pasar. No los minutos, que el correr del tiempo no frena, sino las premisas: el rival nos colocó, pero ni se aguantó, ni se aprovechó nada porque nada hubo de aprovechar.

Hasta el optimismo quimérico, ese de carácter inmarcesible que siempre encuentra motivos incluso en el disparate, se apagó antes de tiempo: los gritos de dolor de Ohio –ojalá el daño sea menor de lo que parece– nos devolvieron a una triste realidad que no empeora por el melodramático hecho de que hay suficientes realidades aún más tristes, un quinteto de equipos que, como el señor Paulino, se empeñan en no sobrevivir al día de marras.

Artículo publicado en El Norte de Castilla el 20-04-2026