Foto: Martín Silva-Factoría 9
Mezclemos dos ingredientes: el traqueteo de mi cabeza,
el propio del cerebro de un tipo con problemas de atención que se dispersa
incluso sin necesidad de excusa, y la indecorosa puesta en escena del
Pucela en el desolado escenario del Nou Estadi d'Encamp. Tengamos en cuenta el
tubo de ensayo en el que se combinan los elementos: la imperiosa búsqueda de un
subterfugio para alentar una traza de optimismo –descartado en esta ocasión el
entusiasmo irracional, una veta siquiera– sin la cual la labor de cualquier
aficionado carecería de sentido. Este, por definición, se aferra a cualquier
señal conveniente por grotesca que parezca, deposita algún exvoto en cualquier
altar imaginario con la pretensión de doblar los designios de la lógica, se
empeña con oblaciones esperando que los dioses cumplan la parte de un tratado
que jamás firmaron. Actúa así, incluso, el catastrofista histórico, el
derrotista con ínfulas, el eterno agonías o el agorero ventajista incapaz de
apearse del 'ya lo decía yo'. Bueno, de este último no estoy seguro porque
antañazo escuché una conversación entre un joven mi padre, laudando a un
paisano octogenario su buen aspecto, y este anciano replicando su mala
sensación vital.
–No termino el año, lo has de ver –apostilló
cabizbajo.
–No fastidie, hombre, no tiene pinta –atenuó mi padre
el tremendismo–.
Contradicho, el anciano se vino arriba.
–Apuéstate lo que sea.
–Te conozco de sobra –cerró mi padre–, eres tan
cabezota que con tal de ganar eres capaz de colgarte.
Cuando tiempo después, leí de Delibes en 'El disputado
voto del señor Cayo' un pasaje idéntico, aunque llevado a término por 'el señor
Paulino, echador de cartas', que 'las dobló' en la fecha señalada, tuve la
certeza de que para determinada gente 'tener la razón', que no la razón, supone
su bien más preciado, gente –alguna incluso generosa– capaz de dar todo menos
la razón.
Mi desparramada cabeza, decía, al lamentar el
indecente arranque blanquivioleta, se acordó de unas clasificaciones
sectorizadas en las que el Pucela aparecía como tercero teniendo en cuenta los
enfrentamientos con los seis primeros de esta Segunda División y decimoctavo
cuando los rivales eran los seis colistas. Bien, pensé: se le da mejor a este
equipo contraponerse a los buenos que le colocan en el campo que, impelido a
generar, enfrentarse a los colistas. Bien, me incidí: el FC Andorra, aunque no
forme parte del sexteto patricio, a buen seguro porque le penaliza cierta
inconsistencia, destaca por su calidad técnica y posicional; nos colocará,
aguantaremos y aprovecharemos alguna.
Bien, me insistí: se cumple la tesis, pasan los
minutos y no encajamos, ya asustaremos. Y pasan, y pasan. Hasta que dejaron de
pasar. No los minutos, que el correr del tiempo no frena, sino las premisas: el
rival nos colocó, pero ni se aguantó, ni se aprovechó nada porque nada hubo de
aprovechar.
Hasta el optimismo quimérico, ese de carácter
inmarcesible que siempre encuentra motivos incluso en el disparate, se apagó
antes de tiempo: los gritos de dolor de Ohio –ojalá el daño sea menor de lo que
parece– nos devolvieron a una triste realidad que no empeora por el
melodramático hecho de que hay suficientes realidades aún más tristes, un
quinteto de equipos que, como el señor Paulino, se empeñan en no sobrevivir al
día de marras.
Artículo publicado en El Norte de Castilla el 20-04-2026