Foto: Carlos Espeso
Cuando se avistan los desenlaces de las
temporadas, ante cualquier tesitura que me estruje las meninges: un texto que
cae en mis manos, una conversación de tono reflexivo, una canción de letra
reconocible envolviendo el ambiente...; mi cabeza dispersa, si bien –creo– en
silencio, con discreción, tan solo para mí mismo, entra en modo guiñol de
Jesulín y recurre a unas metáforas que introduce con un «yo lo veo un poco, no
sé, como un Pucela, ¿no?» para desplegar a continuación la relación pertinente.
Así, hace un par de días me llamó la atención el título de un artículo en la
web del National Geographic que rezaba 'El pueblo de Castilla y León donde dos
reyes pactaron la paz y que hoy sobrevive con 70 vecinos y una catedral
inesperada' porque deduje que se refería a Támara de Campos, una localidad
palentina con la que mi bicicleta se topó porque se ubica, entre Piña de Campos
y Frómista, en las inmediaciones del canal de Castilla. Por cierto, si pueden,
no se la pierdan. Antes de leer el artículo, recordé, claro, la sensación que
me produjo la primera visita, la visión de un minúsculo poblado cuyo conjunto
cabría en el interior de un imponente templo, la iglesia de San Hipólito el
Real. Pese a su aparente pequeñez, en su término existió el Hospital de
Peregrinos o de San Juan de Jerusalén y, aún hoy, pateando el exiguo callejero
podemos observar algunas construcciones que reclaman atención. En cuanto fijé
la mirada en la página, al observar la primera foto que ilustraba el texto, mi
cabeza, ya digo, se desubicó. «Bueno, esto es… como un Pucela», un equipo que
con el tiempo se ha empequeñecido, que aún conserva algunos jugadores que
vagamente recuerdan un poco lo que pudo ser –lo que pudieron ser, lo que
pudieron haber sido– y un jugador central, Chuki, que emerge, se alza,
destaca... que a leguas se nota su presencia, pero que no termina de crear más
armonía con el entorno que la que se deposita en el etéreo rincón del 'podría
ser'.
Y poco antes del partido, cuando ya me aprestaba
a venir a la redacción, salta la noticia (metafórica) de que la iglesia
catedralicia se ha hundido; de que en la previa del encuentro que podría evitar
el derrumbe del menguado club, unas molestias musculares han abatido a Chuki,
el templo en cuyas botas cabía el equipo.
Encima, Yepes, en su reparto de hojas en sucio
para tomar notas, me entrega una que sirvió de prueba para una página de
esquelas. Menos mal que uno no cree en designios ni presagios, y que si
creyera, cotejando a los dos contendientes, asignaría al Real Zaragoza la
desventura de encabezar con su nombre el texto del recordatorio. Una especie
«EL SEÑOR Don Real Zaragoza S. A. D ha fallecido...». El miedo es libre, claro,
como demostraron los silbidos del público cuando el consuelo del 1-0 parecía
evanescente ante el deseo maño y la rigidez blanquivioleta. En la página de
esquelas, se temía, hay hueco para dos y cualquier gol blanquillo podría añadir
una simétrica compañía: «EL SEÑOR Don Real Valladolid S. A. D ha fallecido...».
Por suerte para el Pucela, el Zaragoza resultó aún peor y más triste que
cualquiera de las peores y más tristes versiones de este Real Valladolid a lo
largo de esta interminable temporada que, en lo que a este equipo respecta,
parece –más allá de la dignidad requerida para los tres partidos de posdata
pendientes– haber llegado a su fin. Incluso, cinco minutos antes del pitido
final gracias a que el primer balón que cayó en los pies del debutante Carvajal
terminó alojado en la red. Mi cabeza, desparramada, ya les digo, se fijó en el
dorsal, el 38. Y me acordé de Salazar, aquel chaval que ahora, cedido por el
portugués G. D. Estoril Praia en el Eldense, anotó a finales de 2023 su primer
gol pucelano también con el 38, lo que me permitió contarles cómo en 1996 me quedé sin el jamón, el vino y el cuadro de Manolo Sierra que obtenía el
agraciado con la porra del añorado bar El Pala.
Al Pucela, desde ya, le corresponde buscar una guía que le aleje del rumbo que apunta a condenar a la nave zaragocista. En las oficinas del club sonará Enrique Morente invocando al destino: «Si yo encontrara la estrella que me guiara / yo la metería muy dentro de mi pecho. [...] Estrella, llévame a un mundo/ con más verdades [...] Romperemos las nubes negras/ que nos engañan/ que nos acechan». Todo sea para que no se vuelva a repetir esta condena.
Artículo publicado en El Norte de Castilla el 10-05-2026