lunes, 11 de mayo de 2026

DE SILBAR AL MIEDO A RESOPLAR LA TENSIÓN LIBERADA

 

Foto: Carlos Espeso


Cuando se avistan los desenlaces de las temporadas, ante cualquier tesitura que me estruje las meninges: un texto que cae en mis manos, una conversación de tono reflexivo, una canción de letra reconocible envolviendo el ambiente...; mi cabeza dispersa, si bien –creo– en silencio, con discreción, tan solo para mí mismo, entra en modo guiñol de Jesulín y recurre a unas metáforas que introduce con un «yo lo veo un poco, no sé, como un Pucela, ¿no?» para desplegar a continuación la relación pertinente. Así, hace un par de días me llamó la atención el título de un artículo en la web del National Geographic que rezaba 'El pueblo de Castilla y León donde dos reyes pactaron la paz y que hoy sobrevive con 70 vecinos y una catedral inesperada' porque deduje que se refería a Támara de Campos, una localidad palentina con la que mi bicicleta se topó porque se ubica, entre Piña de Campos y Frómista, en las inmediaciones del canal de Castilla. Por cierto, si pueden, no se la pierdan. Antes de leer el artículo, recordé, claro, la sensación que me produjo la primera visita, la visión de un minúsculo poblado cuyo conjunto cabría en el interior de un imponente templo, la iglesia de San Hipólito el Real. Pese a su aparente pequeñez, en su término existió el Hospital de Peregrinos o de San Juan de Jerusalén y, aún hoy, pateando el exiguo callejero podemos observar algunas construcciones que reclaman atención. En cuanto fijé la mirada en la página, al observar la primera foto que ilustraba el texto, mi cabeza, ya digo, se desubicó. «Bueno, esto es… como un Pucela», un equipo que con el tiempo se ha empequeñecido, que aún conserva algunos jugadores que vagamente recuerdan un poco lo que pudo ser –lo que pudieron ser, lo que pudieron haber sido– y un jugador central, Chuki, que emerge, se alza, destaca... que a leguas se nota su presencia, pero que no termina de crear más armonía con el entorno que la que se deposita en el etéreo rincón del 'podría ser'.

 

Y poco antes del partido, cuando ya me aprestaba a venir a la redacción, salta la noticia (metafórica) de que la iglesia catedralicia se ha hundido; de que en la previa del encuentro que podría evitar el derrumbe del menguado club, unas molestias musculares han abatido a Chuki, el templo en cuyas botas cabía el equipo.

Encima, Yepes, en su reparto de hojas en sucio para tomar notas, me entrega una que sirvió de prueba para una página de esquelas. Menos mal que uno no cree en designios ni presagios, y que si creyera, cotejando a los dos contendientes, asignaría al Real Zaragoza la desventura de encabezar con su nombre el texto del recordatorio. Una especie «EL SEÑOR Don Real Zaragoza S. A. D ha fallecido...». El miedo es libre, claro, como demostraron los silbidos del público cuando el consuelo del 1-0 parecía evanescente ante el deseo maño y la rigidez blanquivioleta. En la página de esquelas, se temía, hay hueco para dos y cualquier gol blanquillo podría añadir una simétrica compañía: «EL SEÑOR Don Real Valladolid S. A. D ha fallecido...». Por suerte para el Pucela, el Zaragoza resultó aún peor y más triste que cualquiera de las peores y más tristes versiones de este Real Valladolid a lo largo de esta interminable temporada que, en lo que a este equipo respecta, parece –más allá de la dignidad requerida para los tres partidos de posdata pendientes– haber llegado a su fin. Incluso, cinco minutos antes del pitido final gracias a que el primer balón que cayó en los pies del debutante Carvajal terminó alojado en la red. Mi cabeza, desparramada, ya les digo, se fijó en el dorsal, el 38. Y me acordé de Salazar, aquel chaval que ahora, cedido por el portugués G. D. Estoril Praia en el Eldense, anotó a finales de 2023 su primer gol pucelano también con el 38, lo que me permitió contarles cómo en 1996 me quedé sin el jamón, el vino y el cuadro de Manolo Sierra que obtenía el agraciado con la porra del añorado bar El Pala.

Al Pucela, desde ya, le corresponde buscar una guía que le aleje del rumbo que apunta a condenar a la nave zaragocista. En las oficinas del club sonará Enrique Morente invocando al destino: «Si yo encontrara la estrella que me guiara / yo la metería muy dentro de mi pecho. [...] Estrella, llévame a un mundo/ con más verdades [...] Romperemos las nubes negras/ que nos engañan/ que nos acechan». Todo sea para que no se vuelva a repetir esta condena.

Artículo publicado en El Norte de Castilla el 10-05-2026