Foto: César Ortiz-Factoría 9
Celebro la
alegría desbordada del mundo racinguista, más que nada porque ensalzo el valor
en sí de la alegría, la alegría en sí como valor. La simple constancia de su existencia endulza el
desarrollo vital de cualquiera: siempre, incluso cuando uno siente que habita
en sus antípodas, cuando cada uno de sus antónimos –de la tristeza al
desconsuelo, de la pena a la desolación– se apodera de nosotros, el agarradero
de la alegría posible, el soporte de la alegría que fue, nos permite soportar
fatigas, sobreponernos a penalidades. Con frecuencia recordamos –y le otorgamos
categoría de argumento de razón– aquello de que 'la esperanza es lo último que
se pierde'. Bien, la alegría potencial, la certeza de su existencia, la
confianza de que algún camino nos permitirá toparnos con ella, conforma el
circuito eléctrico que alimenta la bombilla de esa esperanza. Y no conviene que
esa luz se apague.
Celebro,
decía, la alegría desbordada del mundo racinguista primero por ellos. No
sobran, de hecho nunca sobran, imágenes de gente expresando su júbilo.
Disfruten, nunca se sabe cuándo habrá una nueva ocasión. Segundo, porque
participar en una competición deportiva supone asumir euforias y decepciones;
la alegría de otros, desde este prisma, muestra la esencia misma del juego, del
fútbol; implica la pervivencia de un hecho que nos apasiona, también en las
malas. Sea enhorabuena pues. Y finalmente porque otras veces fuimos nosotros
los que nos revestimos de entusiasmo. Porque su dicha presente nos rememora
aquellos momentos, porque su entusiasmo reabre el anhelo de repetir aquellos
'días de vino y rosas' por más que seamos conscientes de su carácter efímero,
por más que Ernest Dowson dejara escrito que «No duran mucho tiempo, los días
de vino y rosas:/ como desde un vago sueño/el camino surge un instante, luego
se pierde/ en el interior de un sueño», por más que Jack Lemmon y Lee Remick
dirigidos por Blake Edwards desarrollaran, en la película así titulada, la
transmutación de la ventura en pesadilla. En paralelo, y esto puede servirnos
de consuelo, tampoco se eterniza el llanto; aunque a veces sea la propia
asunción de una realidad prolongada la que propicia una inopinada calma.
Incluso, pequeñas, casi vergonzantes, alegrías. Hemos aprendido que en alcanzar
la permanencia en Segunda División también cabe un atisbo de alegría aunque en
este caso sea tan perecedera que al instante se ahogó en el fango del desencanto.
El presagio del alborozo del Racing había convertido al Pucela en
mera comparsa informativa, su protagonismo no excedía del 'pasaba por aquí' en
una fiesta ajena. Menos para sus propios, los que ven (vemos) el mundo
futbolístico a través de una mirilla blanquivioleta. El desempeño, a estas
alturas, ha sorprendido para bien. A buenas horas, dijimos, asumiendo en el
fondo la distancia entre lo que creímos en agosto y la caja destapada a lo
largo del resto de los meses. Asumiendo que ha dado inicio la temporada que
viene. Asumiendo que el nombre, la historia y demás componentes etéreos pueden
modificar la realidad presente, pero muy poquito, tirando a casi nada.
Artículo publicado en El Norte de Castilla el 17-05-2026