martes, 31 de enero de 2023

VIGILAR AL VIGILANTE

De forma apenas perceptible, hemos modificado la percepción. No hace tanto, debatíamos en la calle, en organizaciones sociales y políticas, en los medios de comunicación, sobre la pertinencia de la instalación de cámaras en determinados espacios públicos y privados, de la posible vulneración de la intimidad que suponía, al respecto de los límites y el control necesarios para compaginar la concreta vigilancia de un espacio con el respeto a la privacidad, con la garantía de que tu imagen no podría ser utilizada para fines diferentes a los fijados.

Poco a poco fuimos naturalizando la convivencia con esos ojos que todo lo ven. La proliferación de móviles con su camarita incorporada aceleró la deriva, nos convirtió a todos, como si formáramos parte de un juego, en vigilados y vigilantes. Cayeron todas las defensas. Precauciones, ¿para qué?

En este ‘Show de Truman’ nos creemos con derecho a saber todo de todas las personas, vivimos, sin apenas sentirlo, inexorablemente expuestos a que toda la gente sepa todo lo que hacemos en cada momento.

Por eso -uno que es un clásico, ya ven- me satisface la sentencia que condena a Cecosa, filial de Erosky, a indemnizar a la expresidenta de la Comunidad de Madrid Cristina Cifuentes por vulnerar su derecho a la intimidad al no destruir una grabación dentro del plazo fijado por la ley. Al menos, desde la perspectiva legal, se vigila al vigilante, se le trazan fronteras. Por lo mismo, me sorprende que, en las redes sociales, adalides de la justicia y la libertad cuestionen esta sentencia arguyendo una relación por fuerza inexistente entre lo grabado y una sentencia que se ciñe al uso indebido de la grabación. Por mal que caiga la protagonista, por mucho que ayude a conseguir fines políticos, no corresponde.

El escarnio público, colgar el sambenito, debería haber quedado como un capítulo en los libros de Historia.

Publicado en "El Norte de Castilla" el 31-01-2023

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