Foto: Ep
Se acabó la guerra entre los Estados
Unidos e Irán. Al menos, ambos países han anunciado un acuerdo. Una buena
noticia, un rictus de preocupación. Que se detengan las hostilidades, a
excepción de para quienes sustentan riqueza y poder en el negocio
armamentístico, supone motivo de regocijo. Pero el contexto, ay, el contexto,
impide la celebración. Por un lado, la historia de la cabeza imperial -y la de
su aliado en estas contiendas- demuestra una desacomplejada adicción bélica.
Por otro, se mantiene vigente la alerta que el presidente de China, Xi Jinping,
anunció al de los Estados Unidos, Donald Trump: ‘La trampa de Tucídides’, la
explicación del historiador griego que 2500 años atrás relató cómo el progreso
de Atenas/China generó el miedo de Esparta/Estados Unidos desatando la Guerra
del Peloponeso. Acaba la guerra, pero no la sensación de que asistimos al
preámbulo del abatimiento de un nuevo Francisco Fernando, al instante previo a la
chispa que detonará la hecatombe. Eso sí, cosas del corrimiento de los poderes,
el baleado no será archiduque ni europeo.
A otro nivel, bajando la mirada, el
teatro patrio sustenta sus representaciones en el triste desempeño de los
correspondientes representantes -los depositarios del poder ejecutivo y sus
entornos- ante sus representados. ¿Qué les queda a estos cuando pretenden
defender electoralmente un modelo garantista de estructura social cobijadora?
La antisepsia, en estas circunstancias, resulta demasiado insuficiente ante
heridas extensas y profundas. Lamentable orfandad. ¿A quién votan quienes
consideran desalmada la expulsión masiva de emigrantes, los pacientes
oncológicos que temen los abrazos de dirigentes locales con los Mileis de
turno, las apologías de las teologías de la prosperidad?
La mirada más abajo nos presenta a un
Mañueco presidencial. Entusiasmo de la nada, no solo por la continuidad sino
por la asunción de que no aspiramos a más que la gestión de esa nada. Tan nada,
que la propia población, aun consciente de ella, la sigue eligiendo ante su
alternativa de menos que nada.
Quien ha reclamado alzar la mirada, el
papa Prevost, tuvo que marcharse abrumado de España. A nadie complació, todos
le aplaudieron. Al menos, ninguno le acusó de pretender dividir esta comunidad
en dos con la elección del nombre pontifical: mucho mejor hubiera sido Castilla
y León XIV.
Artículo publicado en El Norte de Castilla el 16-06-2026
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