lunes, 18 de mayo de 2026

OTRAS VECES FUIMOS NOSOTROS

 

Foto: César Ortiz-Factoría 9

Celebro la alegría desbordada del mundo racinguista, más que nada porque ensalzo el valor en sí de la alegría, la alegría en sí como valor. La simple constancia de su existencia endulza el desarrollo vital de cualquiera: siempre, incluso cuando uno siente que habita en sus antípodas, cuando cada uno de sus antónimos –de la tristeza al desconsuelo, de la pena a la desolación– se apodera de nosotros, el agarradero de la alegría posible, el soporte de la alegría que fue, nos permite soportar fatigas, sobreponernos a penalidades. Con frecuencia recordamos –y le otorgamos categoría de argumento de razón– aquello de que 'la esperanza es lo último que se pierde'. Bien, la alegría potencial, la certeza de su existencia, la confianza de que algún camino nos permitirá toparnos con ella, conforma el circuito eléctrico que alimenta la bombilla de esa esperanza. Y no conviene que esa luz se apague.

Celebro, decía, la alegría desbordada del mundo racinguista primero por ellos. No sobran, de hecho nunca sobran, imágenes de gente expresando su júbilo. Disfruten, nunca se sabe cuándo habrá una nueva ocasión. Segundo, porque participar en una competición deportiva supone asumir euforias y decepciones; la alegría de otros, desde este prisma, muestra la esencia misma del juego, del fútbol; implica la pervivencia de un hecho que nos apasiona, también en las malas. Sea enhorabuena pues. Y finalmente porque otras veces fuimos nosotros los que nos revestimos de entusiasmo. Porque su dicha presente nos rememora aquellos momentos, porque su entusiasmo reabre el anhelo de repetir aquellos 'días de vino y rosas' por más que seamos conscientes de su carácter efímero, por más que Ernest Dowson dejara escrito que «No duran mucho tiempo, los días de vino y rosas:/ como desde un vago sueño/el camino surge un instante, luego se pierde/ en el interior de un sueño», por más que Jack Lemmon y Lee Remick dirigidos por Blake Edwards desarrollaran, en la película así titulada, la transmutación de la ventura en pesadilla. En paralelo, y esto puede servirnos de consuelo, tampoco se eterniza el llanto; aunque a veces sea la propia asunción de una realidad prolongada la que propicia una inopinada calma. Incluso, pequeñas, casi vergonzantes, alegrías. Hemos aprendido que en alcanzar la permanencia en Segunda División también cabe un atisbo de alegría aunque en este caso sea tan perecedera que al instante se ahogó en el fango del desencanto.

El presagio del alborozo del Racing había convertido al Pucela en mera comparsa informativa, su protagonismo no excedía del 'pasaba por aquí' en una fiesta ajena. Menos para sus propios, los que ven (vemos) el mundo futbolístico a través de una mirilla blanquivioleta. El desempeño, a estas alturas, ha sorprendido para bien. A buenas horas, dijimos, asumiendo en el fondo la distancia entre lo que creímos en agosto y la caja destapada a lo largo del resto de los meses. Asumiendo que ha dado inicio la temporada que viene. Asumiendo que el nombre, la historia y demás componentes etéreos pueden modificar la realidad presente, pero muy poquito, tirando a casi nada.


Artículo publicado en El Norte de Castilla el 17-05-2026

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