lunes, 9 de febrero de 2004

CRUZADA CONTRA EL SEXO

Cuentan que allá por el 48, cuando se estrenó Gilda en Madrid, hubo alboroto. El detonante fue el dichoso guante de terciopelo que la Hayword se quitaba ante el pasmo de esa España hambrienta de pan y libertad. Los que acudieron a esa sesión, en pleno delirio onanista, percibieron que les robaban, exhibiendo una versión alicorta de la película, el desnudo de la diva que hubiera saciado, siquiera fugazmente, sus deseos cohibidos. Intuyeron censura donde no la había, porque la había incluso donde no la intuían. Erraron de diana pero el disparo iba bien dirigido.
No se por qué, pero es un vicio intemporal de cuanto liberticida ha enmugrecido nuestra historia: la represión de todo lo que tenga que ver con la pernera. Del cateto refugio espiritual de occidente de anteayer al eje del bien en boga, todo cacique ha encontrado en una amenaza externa su excusa para, además de acallarnos con un “prietas las filas”, apretarnos las nalgas.

Por momentos creemos que desaparece, pero el celo puritano ante las conductas ajenas no descansa y nos amenaza desde los púlpitos al menor descuido. Es un rugir tedioso que se torna en runrún amenazador cuando detentan el poder político. Una revisión de la cruz y la espada, una alianza en plena expansión cuyo epicentro es el salón de mandos del mundo globalizado se ha erigido en portaestandarte de una moral regresiva que sólo puede ser sostenida por enfermas mentes calenturientas. El escándalo de  la teta díscola de la Jackson ha sido la espoleta de una campaña feroz que silenciará cualquier disonancia. La gala de los Oscars es la primera víctima visible.

Aquí en la marca hispánica, las altas capas en la jerarquía de la iglesia católica -reforzado su poder con prebendas del gobierno amigo- alertan de las consecuencias de la liberación sexual, venenosa madre de todo tipo de inmundicias. En este caso, causa de los malos tratos propinados a las mujeres por sus parejas masculinas. Desde sus palacios arzobispales deben creer que más allá de sus castas miradas todo es un lupanar y ellos se ven legitimados en su empeño: que nos salvemos del abrasador fuego al que estamos abocados para toda la eternidad. A ojos de los mitrados, la liberación de la mujer es la manzana que Eva entrega al hombre para su condena eterna. Visto así, ¿no merece Eva dos hostias? ¿No merece comprensión el cura que toquetea a las niñas de su parroquia? 


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