domingo, 28 de octubre de 2012

TRIPLE CONDENA

La fuerza del fútbol, la misma que la de la vida, radica en que está lleno de imperfecciones, se juega en campo abierto y por tanto la lluvia, el aire o el frío actúan como condicionantes. Los errores son consustanciales a la propia existencia, ahí radica buena parte de su grandeza. En el fútbol hay quinielas y la vida es, como cantara Marisol, una tómbola. El árbitro forma parte de ese conjunto de factores imperfectos que afectan al desarrollo y, por tanto, más que posiblemente, al resultado final. En nuestro particular parlamento abrimos un hueco para que se siente un exponente de este colectivo vejado pero siempre imprescindible, los árbitros, un mal necesario. Nuestro protagonista debe de ser masoquista, en él se unen tres de las tareas menos apreciadas en nuestra sociedad, a la condición de  árbitro, hay que añadir que ejerce como abogado y es representante político en uno de los municipios más poblados de la provincia. Julián Rodríguez Santiago sonríe mientras recuerda y lanza una pregunta que suena a resignación ¿de qué vivirían, dice, los periódicos de no ser por nosotros?
Ahora puede hablar y se muestra cercano, algo que ahora puede hacer porque los árbitros están obligados a guardar silencio mientras cuando están en ejercicio. (lo veo un poco enrevesado, se puede decir de forma más simple?) Julián defiende esa política de boca cerrada porque: “Estamos siempre expuestos y los medios buscan ese lado mordaz, la polémica, el titular altisonante”. Escucharle modifica permite adentrarte en un mundo ignoto que se rige por unos criterios que, según él, tienen que ser estrictamente internos. Te desarma porque lo defiende con tanta pasión como argumentos, parece que es así porque así tiene que ser. No puede poner la mano en el fuego por los demás pero a él jura que nunca nadie le ha hecho la más mínima insinuación, a pesar de la gran cantidad de dinero que hay en juego. Si esto es cierto, será verdad que en España nunca pasa nada, porque Alemania, Italia o Portugal han conocido recientemente casos de corrupción. Él cree que el hecho de que sean profesionales del arbitraje propicia esa limpieza; aquí y ahora no tienen necesidad económica, están, reconoce, bien pagados. Asumiendo errores, por supuesto.
A sus 47 años aún le reluce la cara con una sonrisa entre pícara e ingenua del niño que fue, ese niño que entró en el arbitraje para sacar un dinerillo y además poder ver los partidos del Real Valladolid y que, a escondidas, fue a veces juez, a veces parte; jugaba en un campo y pitaba en otro. Con 17 años le pillaron y tuvo que elegir. Va más atrás de ese primer día en que el silbato le invistió de autoridad y recuerda como en el colegio Cristo Rey insultó a un árbitro porque había 'perjudicado' a los de su colegio. “Estuve tentado de tirarte una piedra” le dijo años después a ese colegiado cuando coincidió con él. Siguió estudiando porque era consciente de que nunca sobra la formación y porque nunca pensó que el arbitraje iba a ser su profesión, al menos hasta que llegó a la Segunda División entendió su labor como una actividad que le permitía viajar y estar rodeado de colegas que eran sus amigos. Acabada su carrera de derecho tuvo que elegir y eligió la profesión pensando que era una renuncia al arbitraje ya que tenía que cambiar de colegio y eso le supondría un handicap. Primer destino: La Coruña, donde sus sospechas casi se hacen realidad. Segunda parada: Badajoz, allí le recibieron con los brazos abiertos y pudo compatibilizar ambas tareas.
Estando en la categoría de plata la empresa le traslada a Burgos y supo, tras un viaje a Elche casi sin dormir que tenía que elegir. Las cosas habían cambiado, ya no era un principiante sino todo un árbitro de la Segunda. No hubo dudas. Y visto desde el futuro, acertó, ascendió a la máxima categoría, fue internacional... aunque no consiguió uno de sus sueños: ser olímpico, palpar el ambiente de la Villa. 
Los árbitros tampoco son eternos y un día se ven obligados a dejar el silbato en casa de forma definitiva. A partir de ese momento se dedicó en exclusiva a su profesión en Medina del Campo hasta que uno de sus profesores en la Universidad, Mario Bedera, le propuso incorporarse a la lista de candidatos en las últimas elecciones municipales. Aceptó. Julián veía a los políticos como otros vemos a los árbitros, desde la barrera. Hoy ya no. “Es fácil criticar al árbitro desde la grada de un estadio o al político desde la barra de un bar pero hay mucho mérito en el trabajo de los políticos, sobre todo los de ayuntamientos pequeños”. Su triple cruz no le quita el ánimo pero Julián Rodríguez Santiago vive sabiendo que a los árbitros, a los abogados y a los políticos nadie les perdona un error, que sus aciertos pasan inadvertidos y sus fallos son la coartada en la que muchos se escudan. Se conforma con que la educación, el conocimiento y el respeto imperen. En el fútbol y en la vida. Parece fácil pero...

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