Césped del estadio José Zorrilla, 23 de abril. Con
motivo de la conmemoración comunera en Villalar, el Pucela felicita la
efeméride mediante la difusión de un vídeo rematado con un «orgullosos de
lo nuestro» en el que el joven, permítame el calificativo, cantante Dulzaro
interpreta aquellos versos que cierran 'Los comuneros', el romance escrito por
Luis López Álvarez y que el Nuevo Mester de Juglaría acercara imperecederamente
a nuestros oídos: el 'Castilla, canto de esperanza'. Aquellos versos, digo,
que, de inicio, se duelen de la derrota villalarina para, posteriormente,
lamentar –elevando el rango de aflicción– la desidia, la inoperancia... la suma
de componentes intrínsecos y extrínsecos que han postrado a este territorio
hasta el punto de que «no se ha vuelto a levantar». Peor, para atribularse
porque –añorando un mesías, esperando un milagro– decaiga la vida, se apague
una tierra que pervive muriendo, muere perviviendo.
Césped del estadio José Zorrilla, 25 de abril. Si la
cosa fuera de efemérides, cabría recordar la 'Revolução dos Cravos' que derrocó
la dictadura del Estado Nuevo y que enorgullece a (no todos, supongo) nuestros
vecinos portugueses; la 'festa della Liberazione' que festeja el final de la
ocupación nazi en Italia; la fecha en que un terraplén se interpuso en el
trayecto de mi bicicleta y no sé qué más ocurrió, porque cuando horas después
abrí los ojos estaba tumbado en una cama del Clínico... Pero no, ni de Portugal,
ni de Italia, ni de topetones contra el suelo: este 25 de abril, tras lo visto
en el césped del estadio José Zorrilla, la cosa va de supervivencia, de un
canto de esperanza. Se ha lamentado, si no la desidia, sí la inoperancia de un
equipo postrado al que nos conformamos con pedirle, si no que se alce, al menos
que no caiga en un foso aún más profundo.
Cualquier aficionado podría fijar un «entonces» desde
el cual, el club, «en manos de» una sucesión alternativa «de rey bastardo o de
regente falaz, no se ha vuelto a levantar». El Pucela culebrea a escasos
centímetros del despeñadero. A escasos centímetros, a expensas de un empujón,
de una bocanada de aire, pero aún sobre suelo firme.
El desempeño auspiciaba un acercamiento al precipicio.
Ninguna premisa aventuraba salir indemne de la porfía, ningún argumento excepto
la decisión del travieso dios del fútbol que se empeñó en revestir de
surrealismo el desenlace del partido: tras el perdón en boca de gol del
donostiarra Mikel Rodríguez, dos personajes secundarios del elenco pucelano,
Biuk y Sanseviero, construyeron un inesperado gol que, al menos, permite soñar
que las llamas blanquivioletas «otra vez crepitarán». Al fin, «si los pinares
ardieron, aún nos queda el encinar».
Un encinar que refugie, que aporte madera, para lo que
es imprescindible, previamente, que seamos conscientes de su existencia. «Que
el árbol no impida ver el bosque», me han repetido por distintos canales. Sí,
respondí: el bosque, después; de momento es suficiente con no estamparse contra
el árbol. Esquivado el peligro, gracias diosito, corresponderá prender la
yesca. Metafóricamente, se entiende, que estamos en tiempos necesitados de
matices.
Artículo publicado el 26-4-2026
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