miércoles, 6 de mayo de 2026

UN EXTRAÑO PRIVILEGIO

 

Foto: Carlos Pérez-Factoría 9

El martes pasado acudí al Clínico a la correspondiente consulta con mi –permítanme el posesivo– oncólogo. No recuerdo si de inicio, para enyesar empáticamente el encuentro, o como amable recurso de despedida, Ricardo –que así se llama– me lanzó un jacarandoso «Joaquín, ¿qué?, ¿cómo ves al Pucela?, ¿nos salvamos?».

Sonreí perfilando un ademán a medio camino entre el reflejo del miedo y un desdén aderezado de condescendencia bobalicona. Mal, pensé, pero de esta se librará. Y como si me topase con esta pantalla ansiosa de palabras al finalizar cualquier partido, como si me enfrentase al espacio en blanco pendiente de la historia que lo habrá de recubrir, se me ocurrió utilizar una metáfora propia del contexto propiciatorio del encuentro que satisfaría las dudas lanzadas al aire por el médico. Ojalá –le comenté– la oncología dispusiera del privilegio propio de esta endiablada Segunda División donde, al final, el número de bajas se limita a cuatro, y los demás equipos, sea cual sea su diagnóstico, por enojoso que haya resultado el proceso, por agresivo que se haya manifestado el tratamiento, subsisten. Y al poco, en cuanto cierre la temporada, se sacudirán el polvo, se erguirán y se prepararán para un nuevo periplo en el que las vicisitudes del pasado se habrán transformado –si existe voluntad y cerebro– en vacuna.

Entiéndanme, mejor sería, claro, que la oncología tuviera la posibilidad de evitar la travesía por los nueve círculos concéntricos de dolor y de pecado, de eludir los dantescos descensos a los infiernos. Pero la realidad es la que es –una espada como la de Damocles, una amenaza colgada del techo sujeta por un solo pelo, un filo de acero apostado sobre nuestras cabezas –, no la que anhelaríamos. Al menos de momento.

Sonreímos, ahora los dos, compartiendo una mueca que traslucía un rotundo ¡ojalá!, dejando apuntada la esperanzadora situación del Pucela pese al rosario de síntomas inquietantes, pese a la concatenación de datos desazonadores... emplazándonos para el próximo mes, no para hablar tan solo de fútbol.

La siguiente escala de la tortura blanquivioleta conducía a Las Palmas. El conjunto de la información corroboró la metáfora. Una efervescencia final más propiciada por el inopinado miedo del equipo grancanario que por el desempeño blanquivioleta no puede desenfocar la mirada de un partido, de nuevo, lamentable de un equipo que, de tanto asumir su inferioridad, hiede a derrota. Transmite, alineación incluida, la impresión de que coloca todos sus huevos en el único canasto del partido ante el Zaragoza. Pero, para su bien, para su triste bien, el relato informativo de este penoso deambular se completa con el fantasmagórico vagar de los cinco últimos: los cuatro en los que se confía más el comodín del Cádiz.  

La verdad es que resulta complicado traducir los entresijos de una categoría que suple la carencia del máximo nivel futbolístico con acendradas dosis de emoción en cada uno de los tramos clasificatorios. Explica a un inglés, comentaba socarronamente un conocido en una de esas improvisadas tertulias que se conforman en la barra de esos bares de barrio que despiden un suculento aroma a pasados de moda; explica, a un inglés que ‘me voy a ir yendo’, la concatenación de tres tiempos diferentes del verbo ‘ir’, pretende en realidad buscar una excusa para quedarse. Explica esta competición a la gente que se limita a seguir las peripecias de la Primera División en la que el título se disputa entre dos equipos y medio, en que resulta sorprendente que un recién ascendido no recorra el camino de reingreso a la categoría que apenas un año antes jubilosamente abandonó, en que las sorpresas sorprenden porque no se han convertido en pan nuestro de cada día.

Cuatro partidos y la temporada habrá dictado sentencia. La derrota del Pucela le deja –pendientes del partido por disputar del Mirandés– en mejor situación que la de veinticuatro horas antes: el mismo colchón, una semana menos. Un riesgo latente, sin embargo, tintinea: de tanto jugar con fuego, puede arder el colchón. Y sería demasiado tarde para pensar en la llegada de algún bombero. 

Artículo publicado en El Norte de Castilla el 5-05-2026

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