El martes pasado acudí al Clínico
a la correspondiente consulta con mi –permítanme el posesivo– oncólogo. No
recuerdo si de inicio, para enyesar empáticamente el encuentro, o como
amable recurso de despedida, Ricardo –que así se llama– me lanzó un jacarandoso
«Joaquín, ¿qué?, ¿cómo ves al Pucela?, ¿nos salvamos?».
Sonreí perfilando un ademán a
medio camino entre el reflejo del miedo y un desdén aderezado de
condescendencia bobalicona. Mal, pensé, pero de esta se librará. Y como si me topase
con esta pantalla ansiosa de palabras al finalizar cualquier partido, como si
me enfrentase al espacio en blanco pendiente de la historia que lo habrá de
recubrir, se me ocurrió utilizar una metáfora propia del contexto propiciatorio
del encuentro que satisfaría las dudas lanzadas al aire por el médico. Ojalá
–le comenté– la oncología dispusiera del privilegio propio de esta endiablada
Segunda División donde, al final, el número de bajas se limita a cuatro, y los
demás equipos, sea cual sea su diagnóstico, por enojoso que haya resultado el
proceso, por agresivo que se haya manifestado el tratamiento, subsisten. Y al
poco, en cuanto cierre la temporada, se sacudirán el polvo, se erguirán y se
prepararán para un nuevo periplo en el que las vicisitudes del pasado se habrán
transformado –si existe voluntad y cerebro– en vacuna.
Entiéndanme, mejor sería,
claro, que la oncología tuviera la posibilidad de evitar la travesía por los
nueve círculos concéntricos de dolor y de pecado, de eludir los dantescos descensos
a los infiernos. Pero la realidad es la que es –una espada como la de Damocles,
una amenaza colgada del techo sujeta por un solo pelo, un filo de acero
apostado sobre nuestras cabezas –, no la que anhelaríamos. Al menos de momento.
Sonreímos, ahora los dos,
compartiendo una mueca que traslucía un rotundo ¡ojalá!, dejando apuntada la
esperanzadora situación del Pucela pese al rosario de síntomas inquietantes,
pese a la concatenación de datos desazonadores... emplazándonos para el próximo
mes, no para hablar tan solo de fútbol.
La siguiente escala de la
tortura blanquivioleta conducía a Las Palmas. El conjunto de la información
corroboró la metáfora. Una efervescencia final más propiciada por el inopinado
miedo del equipo grancanario que por el desempeño blanquivioleta no puede
desenfocar la mirada de un partido, de nuevo, lamentable de un equipo que, de
tanto asumir su inferioridad, hiede a derrota. Transmite, alineación incluida,
la impresión de que coloca todos sus huevos en el único canasto del partido
ante el Zaragoza. Pero, para su bien, para su triste bien, el relato
informativo de este penoso deambular se completa con el fantasmagórico vagar de
los cinco últimos: los cuatro en los que se confía más el comodín del Cádiz.
La verdad es que resulta
complicado traducir los entresijos de una categoría que suple la carencia del
máximo nivel futbolístico con acendradas dosis de emoción en cada uno de los
tramos clasificatorios. Explica a un inglés, comentaba socarronamente un conocido
en una de esas improvisadas tertulias que se conforman en la barra de esos
bares de barrio que despiden un suculento aroma a pasados de moda; explica, a
un inglés que ‘me voy a ir yendo’, la concatenación de tres tiempos diferentes
del verbo ‘ir’, pretende en realidad buscar una excusa para quedarse. Explica esta
competición a la gente que se limita a seguir las peripecias de la Primera
División en la que el título se disputa entre dos equipos y medio, en que
resulta sorprendente que un recién ascendido no recorra el camino de reingreso
a la categoría que apenas un año antes jubilosamente abandonó, en que las
sorpresas sorprenden porque no se han convertido en pan nuestro de cada día.
Cuatro partidos y la temporada habrá
dictado sentencia. La derrota del Pucela le deja –pendientes del partido por
disputar del Mirandés– en mejor situación que la de veinticuatro horas antes:
el mismo colchón, una semana menos. Un riesgo latente, sin embargo, tintinea:
de tanto jugar con fuego, puede arder el colchón. Y sería demasiado tarde para
pensar en la llegada de algún bombero.
Artículo publicado en El Norte de Castilla el 5-05-2026
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