Semana
arriba, semana abajo, en idéntica tesitura, el año pasado por estas fechas me
acordaba de mi tío Pedro, el cura hermano mayor de mi madre que, aprovechando el descanso veraniego,
sustituía al párroco titular. Recapitulo: tan larga y tediosa resultaba la
liturgia eucarística por él celebrada que los feligreses, como respuesta a la
despedida «podéis ir en paz», circunscribían el 'demos gracias a Dios' a una
exclamación de alivio, a un clamor de desahogo, a un ostensible 'gracias a
Dios' que aunaba el compromiso de aguantar hasta el final con el afán de que
terminase. 'Gracias a Dios' podemos replicar al silbatazo del árbitro que dio por
concluida esta temporada, la segunda de la agonía; como lo pudimos exclamar
tres fines de semana atrás cuando el Pucela –'¿habrá otro –entre sí decía– más
pobre y triste que yo?'– 'el rostro volvió y halló la respuesta' en ese
Zaragoza que recogía las hierbas que los blanquivioletas arrojaban. Desde
entonces, tres partidos, tres celebraciones ajenas, que hemos sentido como tres
responsos añadidos a la inmisericorde temporada. Tres semanas de nada, para
nada y por nada... por nada más que cumplir el expediente, para evitar así los
preceptivos castigos por incomparecencia limitando la presencia a lo somático,
lo estrictamente corpóreo. Porque de aquello de 'en cuerpo y alma' como
alegoría del esfuerzo, del compromiso, poco quedó tras aquel partido referido,
tras aquel suspiro que espantaba al miedo. Desde entonces, la afición del
Pucela permanece callada. Y en este caso no cabe inferir que el que calla
otorga. Más bien, el silencio es la respuesta. La respuesta por lo pasado, la
tensión de la expectativa por lo venidero.
Así, desenganchados de la tensión
presente, pendientes de todo menos del fútbol, el mutismo solo se rompe con
grotescos lamentos a peripecias irrelevantes ajenas al propio devenir del
equipo. Sea como ejemplo que el copresidente haya tenido que justificarse por
acudir a un estadio para disfrutar de un partido ajeno a los del Pucela. Una
protesta, minoritaria, pero protesta, que cuestiona más la situación que el
hecho concreto. No deja de ser una réplica de lo mil veces ocurrido: si el
equipo sobrepasa las expectativas, el aficionado se fotografía con el
futbolista que se encuentra de fiesta a las tantas de la madrugada en vaya
usted a saber qué local; si se amontonan las derrotas, se acusa al jugador
–entre calificativos más sonoros– de mercenario. Resulta difícil encontrar un
terreno en el que la inestabilidad emocional se prodigue tanto como en el
fútbol. Acudiera para disfrutar de otro equipo, para acompañar a otra persona o
confundido por un sintagma polisémico (al escuchar a Mbappé hablar de 'cuarto
delantero' pudo creer que, en vez del escalafón atacante, se refería a la más
sabrosa de las partes en que se divide al lechazo), Solares –agua o terrenos
destinados para edificar– asistió a donde le pareció, porque quiso y sin
cometer, que se sepa, delito alguno.
Volvamos a lo
sustantivo, al fútbol en este caso. La temporada ha ofrecido una barbaridad de
limones. En estos casos corresponde preparar una limonada. Es lo que hay y
desde aquí se parte. Lo demás, será engañarnos. Al punto final del episodio de
la temporada le sucede un punto que esta vez no deberá ser ' y seguido' sino 'y
aparte'. Conviene reflexionar antes de continuar con la escritura.
Por mi parte, un placer compartir esta ventana con ustedes. Cada
jornada, cada temporada.... Y van dieciocho. Nos hacemos viejos.
Artículo publicado en El Norte de Castilla el 1-06-2026
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