Foto: Carlos Espeso
Pues
de la misma manera y por idénticos tres motivos que apenas una semana atrás
celebré que una afición –por más que no la nuestra– festejara, corresponde alegrarse siquiera un
poco por la visión del rebosante regocijo de una multitud de aficionados –y no
tanto– al fútbol; en este caso de la hinchada del Deportivo de la Coruña. Sea
también enhorabuena.
La
casualidad ha unido en el ascenso a dos clubes cuyas últimas y pertinaces
peripecias se han desarrollado en terrenos alejados de los de sus mejores días.
Una circunstancia que resalta otro valor del fútbol; además del arraigo social,
propicia un enraizamiento generacional: cualquier logro retrotrae a otros
momentos históricos, a cuando los padres eran los hijos; los abuelos, los
nietos; aquella gente, nosotros.
También
es casualidad –y esta tal vez nunca se haya producido– el hecho de que los dos
equipos que han dejado atrás la arena de esta traicionera Segunda División hayan
dado el último paso en dos semanas consecutivas y frente al mismo rival. Vaya,
que desde la perspectiva pucelana, se ha contemplado la imagen de los propios
ejerciendo sin solución de continuidad la ingrata labor de convidados de
piedra. En realidad, este papel de invitado inerte, que asignara Tirso de
Molina en 'El burlador de Sevilla' a Gonzalo de Ulloa, se ha repetido con
demasiada frecuencia a lo largo de la temporada. Al menos, este pétreo Gonzalo
blanquivioleta, si no pudo enviar a ningún don Juan a ningún infierno, recobró
en algún momento algo de aliento, el suficiente para sobreponerse a la agonía,
para sobrevivir aun siendo consciente de que la travesía del desierto puede
alargarse mucho más de lo inicialmente previsto. Mucho mejor, claro, que ceder
el esqueleto para festín de buitres, chacales e hienas.
El
campo poco ha mostrado más allá de lo previsible en un partido en el que el
mejor contiende con una aspiración y el peor abdica ante la ausencia de
propósito. Tanto que se ha limitado a cumplir con la obligatoriedad de
presentarse a unos partidos que le sobraban. No cupo ni la posibilidad de que
el paso del tiempo se aliase con ese peor, huelga aclarar que es el nuestro,
atenazando el sistema nervioso del aspirante: con el partido apenas estrenado,
el Deportivo ya había anotado el relajante gol. No cupo ni la posibilidad de
contemplar el juego de Carvajal, el chico que debutó con gol en el último
partido en Zorrilla, que apareció en el once inicial en Santander y que hoy ha
tenido que esperar al descanso para recibir el plácet que le permitiera jugar.
Aquel tanto ilusionó, pero requiere confirmación. No
vaya a ocurrir como a un paisano, un chaval –ya no tanto– de cuyo nombre no
quiero acordarme que en un partido ante el equipo de un pueblo vecino salió a
jugar los últimos minutos. Según se reanudó el encuentro, le llegó un balón
botando, lo pateó con todas sus fuerzas, la pelota golpeó el travesaño por
abajo y se incrustó en la portería. Mientras todos cantábamos el gol, él se fue
al banquillo solicitando ser cambiado. Ante las miradas de extrañeza, comentó:
«si no juego más se van a pensar que soy bueno». Carvajal obviamente apunta a
poder serlo. Mejor será para él y para el Pucela de la temporada que viene,
«pero –como repetía el cantinero Moustache en la película dirigida por Billy
Wilder 'Irma la Dulce'– esa es otra historia».
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