Foto: Factoría 9
Recién
registrado el Mundial -la futbolera hipertrofia de los nacionalismos de
cualquier laya- en los anales de la historia, sin apenas tiempo para el
sosiego, sin cuerpo para digerir el comienzo, sin clima propicio para adecuar
cabeza y contexto, una porción de la rutina irrumpe importunando la placidez estival: el fútbol cotidiano embiste en medio de agosto para recordarnos una
finitud que de sobras conocemos. El fútbol acomete de forma tal que se
precipita contra sí mismo; se obliga a comenzar cuando las plantillas no se han
cerrado, cuando no ha habido (o no se ha encontrado) siquiera margen para la
pertinente inscripción de jugadores. Huelga recordar que arremete contra sí
mismo en su empeño por adueñarse hasta de los menores resquicios para expandir
un negocio que desprecia los límites. Los puntos, con cuerpo o sin él, con
plantilla cerrada o a medio pespunte, contarán lo mismo cuando se complete la
suma.
El citado
Mundial, incluso para quienes se amparan en el tópico de los veintidós tíos en
calzoncillos, ha mostrado el poder simbólico -el poder del poder- del fútbol.
Ya en aquel deseo aparentemente inocuo de “separar política del deporte”
encontramos la primera trampa: el poder reside en quienes detentan la potestad
de trazar la frontera entre lo que la política engloba y lo que permanece fuera.
Además, el fútbol por sí solo expresa el sentido de las realidades en las que
se enmarca: relata líneas de geopolítica, informa sobre cada tiempo concreto
(el levantamiento porque sí de la sanción al estadounidense Balogun reverbera
un pasado que creímos haber abandonado, épocas pretéritas en las que lo
arbitrario no necesitaba disimulos; la imposición de los cuatro tiempos para
distorsiones publicitarias…). También explica la pequeña política de cada
territorio, los resortes que articulan el poder económico: la Segunda División
española explicó la temporada pasada la separación, Madrid al margen, entre
centro y periferia. Los tres clubes ascendidos más los tres que accedieron a la
promoción se sitúan en provincias con mar; los cuatro descendidos se asientan
en territorios interiores.
El Pucela,
aspirante a todo, conseguidor de nada el curso pasado, enfoca la presente
temporada, al menos debería, con las orejas tiesas. Escriben los teóricos
sociales que cada dos o tres generaciones, tras la desaparición física de los
testigos, en el momento en que la memoria colectiva olvida una tragedia, cuando
el dolor propio se transforma en una evocación etérea de los nuevos protagonistas,
la vulnerabilidad retorna. Pocos en Valladolid recuerdan el paso del equipo por
la tercera categoría, tanto que ni el riesgo se tenía en cuenta. Imposible,
pensaban, pensábamos. Hasta que la temporada pasada dio el primer aviso. El
primer aviso y una muestra significativa: el Zaragoza. Aunque, advierten en los
pueblos, de poco vale: “nadie escarmienta en cabeza ajena”. A ver si la experiencia, el miedo reciente, dota
al grupo de cautela, no vaya a ser.
En Mallorca se
escribió un primer capítulo que se celebra por haber aguantado a un favorito.
Primera lectura: favoritos son otros; o sea... Segunda: tan baja se situaba, al
menos de momento, la expectativa que una hora sin recibir se asume como buen
síntoma. Una hora sin recibir y todo un partido cual martillo de plastilina sin
siquiera poder amenazar.
Alguna temporada
atrás, en inicio en fechas semejantes, utilicé la celebración católica de la
Asunción, la elevación al cielo en cuerpo y alma de María como alegoría de la
aspiración blanquivioleta. Esta, más medroso, me acerco al día posterior, el de
San Roque, para recurrir a esa copla tradicional que el Nuevo Mester de
Juglaría popularizó: “Arrímate a mi viña que soy San Roque, que si viene la
peste que te toque”.
Claro que en la
leyenda de este santo del siglo XIV se puede leer que, cuando le acechó la
misma enfermedad que a otros él sanaba, un perro le acercaba mendrugos de pan
para que se alimentara. Un animal al que la tradición le convirtió en
protagonista de un trabalenguas: “el perro de San Roque no tiene rabo porque
Ramón Ramírez se lo ha cortado”. Ramón, pero en este caso Martínez, cortó de
cuajo cualquier aspiración pucelana. Un mal día.
Tampoco -insisto,
es el primer día- el Pucela ha de permitir a la cautela convertirse en
amilanamiento, al riesgo en inmovilidad. A lo mejor, así, “cantando al sol como
la cigarra” de la canción de Mercedes Sosa, “después de un año bajo la tierra”
entona ufano “Tantas veces me mataron, tantas veces me morí; sin embargo, aquí
estoy, resucitando”.