martes, 18 de agosto de 2026

SIN EMBARGO, AQUÍ ESTOY

 

Foto: Factoría 9

Recién registrado el Mundial -la futbolera hipertrofia de los nacionalismos de cualquier laya- en los anales de la historia, sin apenas tiempo para el sosiego, sin cuerpo para digerir el comienzo, sin clima propicio para adecuar cabeza y contexto, una porción de la rutina irrumpe importunando la placidez estival: el fútbol cotidiano embiste en medio de agosto para recordarnos una finitud que de sobras conocemos. El fútbol acomete de forma tal que se precipita contra sí mismo; se obliga a comenzar cuando las plantillas no se han cerrado, cuando no ha habido (o no se ha encontrado) siquiera margen para la pertinente inscripción de jugadores. Huelga recordar que arremete contra sí mismo en su empeño por adueñarse hasta de los menores resquicios para expandir un negocio que desprecia los límites. Los puntos, con cuerpo o sin él, con plantilla cerrada o a medio pespunte, contarán lo mismo cuando se complete la suma.

El citado Mundial, incluso para quienes se amparan en el tópico de los veintidós tíos en calzoncillos, ha mostrado el poder simbólico -el poder del poder- del fútbol. Ya en aquel deseo aparentemente inocuo de “separar política del deporte” encontramos la primera trampa: el poder reside en quienes detentan la potestad de trazar la frontera entre lo que la política engloba y lo que permanece fuera. Además, el fútbol por sí solo expresa el sentido de las realidades en las que se enmarca: relata líneas de geopolítica, informa sobre cada tiempo concreto (el levantamiento porque sí de la sanción al estadounidense Balogun reverbera un pasado que creímos haber abandonado, épocas pretéritas en las que lo arbitrario no necesitaba disimulos; la imposición de los cuatro tiempos para distorsiones publicitarias…). También explica la pequeña política de cada territorio, los resortes que articulan el poder económico: la Segunda División española explicó la temporada pasada la separación, Madrid al margen, entre centro y periferia. Los tres clubes ascendidos más los tres que accedieron a la promoción se sitúan en provincias con mar; los cuatro descendidos se asientan en territorios interiores.   

El Pucela, aspirante a todo, conseguidor de nada el curso pasado, enfoca la presente temporada, al menos debería, con las orejas tiesas. Escriben los teóricos sociales que cada dos o tres generaciones, tras la desaparición física de los testigos, en el momento en que la memoria colectiva olvida una tragedia, cuando el dolor propio se transforma en una evocación etérea de los nuevos protagonistas, la vulnerabilidad retorna. Pocos en Valladolid recuerdan el paso del equipo por la tercera categoría, tanto que ni el riesgo se tenía en cuenta. Imposible, pensaban, pensábamos. Hasta que la temporada pasada dio el primer aviso. El primer aviso y una muestra significativa: el Zaragoza. Aunque, advierten en los pueblos, de poco vale: “nadie escarmienta en cabeza ajena”.  A ver si la experiencia, el miedo reciente, dota al grupo de cautela, no vaya a ser.  

En Mallorca se escribió un primer capítulo que se celebra por haber aguantado a un favorito. Primera lectura: favoritos son otros; o sea... Segunda: tan baja se situaba, al menos de momento, la expectativa que una hora sin recibir se asume como buen síntoma. Una hora sin recibir y todo un partido cual martillo de plastilina sin siquiera poder amenazar.

Alguna temporada atrás, en inicio en fechas semejantes, utilicé la celebración católica de la Asunción, la elevación al cielo en cuerpo y alma de María como alegoría de la aspiración blanquivioleta. Esta, más medroso, me acerco al día posterior, el de San Roque, para recurrir a esa copla tradicional que el Nuevo Mester de Juglaría popularizó: “Arrímate a mi viña que soy San Roque, que si viene la peste que te toque”.

Claro que en la leyenda de este santo del siglo XIV se puede leer que, cuando le acechó la misma enfermedad que a otros él sanaba, un perro le acercaba mendrugos de pan para que se alimentara. Un animal al que la tradición le convirtió en protagonista de un trabalenguas: “el perro de San Roque no tiene rabo porque Ramón Ramírez se lo ha cortado”. Ramón, pero en este caso Martínez, cortó de cuajo cualquier aspiración pucelana. Un mal día. 

Tampoco -insisto, es el primer día- el Pucela ha de permitir a la cautela convertirse en amilanamiento, al riesgo en inmovilidad. A lo mejor, así, “cantando al sol como la cigarra” de la canción de Mercedes Sosa, “después de un año bajo la tierra” entona ufano “Tantas veces me mataron, tantas veces me morí; sin embargo, aquí estoy, resucitando”.

 Artículo publicado en El Norte de Castilla el 17-08-2026