martes, 25 de agosto de 2026

SI DURA, NO SE TRATA DE UNA FLOR

 

Foto: Carlos Gil-Roig


La potente voz de Rocío Jurado elevó a una cima musical la canción compuesta por Manuel Alejandro 'Se nos rompió el amor'. En ella, la intérprete chipionera refiere los detalles de una relación sentimental que se difumina, describe los límites temporales de una pasión amorosa en primer lugar con una aséptica expresión prosaica, sin adornos, «las cosas tan hermosas duran poco», posteriormente engalanando la misma percepción con una elegante metáfora, «jamás duró una flor dos primaveras».

En ambas frases, el autor reduce la certeza de dicha fugacidad a las emociones deseables. No cualquier cosa se apaga rauda, él se ciñe a asegurar tal peculiaridad tan solo de las hermosas, de las flores. Al final, nada que no supiéramos, medio milenio antes, Jorge Manrique había escrito «Cuán presto se va el placer». El placer. El resto, lo desagradable, lo desdeñable, puede encontrar acomodo definitivo a nuestra vera. Si acaso, irse poco a poco, alejarse sin prisa.

El juego del Pucela no puede, ni por Manuel Alejandro ni por nadie, definirse como una flor. Por eso, el doliente desempeño blanquivioleta pervive sin aparente interrupción. La afición –de nuevo se superará ampliamente la cifra de 20.000 abonados– ansía el fin del oscuro peregrinar, fantasea con que tampoco duren más las circunstancias carentes de belleza, suspira añorando pretéritos más o menos idealizados. Pero los cauces se secan en cuanto la pelota se pone en marcha. El Mallorca, por gallito; el Eibar, por gorrión, han esterilizado sin apenas dificultad los esfuerzos blanquivioletas por truncar una hiel que amenaza con perpetuarse.

Dos partidos, cero goles. Cero ideas. Existen miles de maneras de no marcar a lo largo de un partido. La que hemos visto del Pucela se sustenta en la notoria ausencia de ocasiones. Ocasiones inviables por incapacidad de mostrar siquiera un plan. En un momento ya final del partido, un rótulo de la retransmisión indicaba que el Valladolid había efectuado cinco lanzamientos a puerta. El Eibar, uno. Y fue gol. Atendiendo a esos datos, podríamos pensar –si no hubiéramos visto el partido– que la derrota nació envuelta en una anomalía estadística, en uno de esos ardides con los que el fútbol nos sorprende cerrándose con resultados incomprensibles dado el desarrollo de los juegos. Pero no. El Eibar, en aquel momento, había disparado una sola vez, pero de verdad. A los cinco del Pucela, la locución 'salva de artificio' les resulta excesiva. Ni pirotecnia. A los números en fútbol les sirve el aforismo de Juan Carlos Onetti en su novela 'El pozo': «Se dice que hay varias maneras de mentir; pero la más repugnante de todas es decir la verdad, toda la verdad, ocultando el alma de los hechos».

A diferencia de la derrota en Mallorca, esta en el feudo armero duele porque la comparación obliga a rebajar alguna expectativa. El Pucela tiene por delante una labor –tomando el epíteto utilizado por Michaleen Flynn en la película de John Ford 'El hombre tranquilo'– homérica. Urge armarse de esa tranquilidad, sorber dosis de paciencia, y desear, una vez pasen los meses, escuchar a 'álguienes' reprocharme con un «Joaquín, te precipitaste. Tenemos la flor. Y durará».



Artículo publicado en El Norte de Castilla el 24-08-2026

 

martes, 18 de agosto de 2026

SIN EMBARGO, AQUÍ ESTOY

 

Foto: Factoría 9

Recién registrado el Mundial -la futbolera hipertrofia de los nacionalismos de cualquier laya- en los anales de la historia, sin apenas tiempo para el sosiego, sin cuerpo para digerir el comienzo, sin clima propicio para adecuar cabeza y contexto, una porción de la rutina irrumpe importunando la placidez estival: el fútbol cotidiano embiste en medio de agosto para recordarnos una finitud que de sobras conocemos. El fútbol acomete de forma tal que se precipita contra sí mismo; se obliga a comenzar cuando las plantillas no se han cerrado, cuando no ha habido (o no se ha encontrado) siquiera margen para la pertinente inscripción de jugadores. Huelga recordar que arremete contra sí mismo en su empeño por adueñarse hasta de los menores resquicios para expandir un negocio que desprecia los límites. Los puntos, con cuerpo o sin él, con plantilla cerrada o a medio pespunte, contarán lo mismo cuando se complete la suma.

El citado Mundial, incluso para quienes se amparan en el tópico de los veintidós tíos en calzoncillos, ha mostrado el poder simbólico -el poder del poder- del fútbol. Ya en aquel deseo aparentemente inocuo de “separar política del deporte” encontramos la primera trampa: el poder reside en quienes detentan la potestad de trazar la frontera entre lo que la política engloba y lo que permanece fuera. Además, el fútbol por sí solo expresa el sentido de las realidades en las que se enmarca: relata líneas de geopolítica, informa sobre cada tiempo concreto (el levantamiento porque sí de la sanción al estadounidense Balogun reverbera un pasado que creímos haber abandonado, épocas pretéritas en las que lo arbitrario no necesitaba disimulos; la imposición de los cuatro tiempos para distorsiones publicitarias…). También explica la pequeña política de cada territorio, los resortes que articulan el poder económico: la Segunda División española explicó la temporada pasada la separación, Madrid al margen, entre centro y periferia. Los tres clubes ascendidos más los tres que accedieron a la promoción se sitúan en provincias con mar; los cuatro descendidos se asientan en territorios interiores.   

El Pucela, aspirante a todo, conseguidor de nada el curso pasado, enfoca la presente temporada, al menos debería, con las orejas tiesas. Escriben los teóricos sociales que cada dos o tres generaciones, tras la desaparición física de los testigos, en el momento en que la memoria colectiva olvida una tragedia, cuando el dolor propio se transforma en una evocación etérea de los nuevos protagonistas, la vulnerabilidad retorna. Pocos en Valladolid recuerdan el paso del equipo por la tercera categoría, tanto que ni el riesgo se tenía en cuenta. Imposible, pensaban, pensábamos. Hasta que la temporada pasada dio el primer aviso. El primer aviso y una muestra significativa: el Zaragoza. Aunque, advierten en los pueblos, de poco vale: “nadie escarmienta en cabeza ajena”.  A ver si la experiencia, el miedo reciente, dota al grupo de cautela, no vaya a ser.  

En Mallorca se escribió un primer capítulo que se celebra por haber aguantado a un favorito. Primera lectura: favoritos son otros; o sea... Segunda: tan baja se situaba, al menos de momento, la expectativa que una hora sin recibir se asume como buen síntoma. Una hora sin recibir y todo un partido cual martillo de plastilina sin siquiera poder amenazar.

Alguna temporada atrás, en inicio en fechas semejantes, utilicé la celebración católica de la Asunción, la elevación al cielo en cuerpo y alma de María como alegoría de la aspiración blanquivioleta. Esta, más medroso, me acerco al día posterior, el de San Roque, para recurrir a esa copla tradicional que el Nuevo Mester de Juglaría popularizó: “Arrímate a mi viña que soy San Roque, que si viene la peste que te toque”.

Claro que en la leyenda de este santo del siglo XIV se puede leer que, cuando le acechó la misma enfermedad que a otros él sanaba, un perro le acercaba mendrugos de pan para que se alimentara. Un animal al que la tradición le convirtió en protagonista de un trabalenguas: “el perro de San Roque no tiene rabo porque Ramón Ramírez se lo ha cortado”. Ramón, pero en este caso Martínez, cortó de cuajo cualquier aspiración pucelana. Un mal día. 

Tampoco -insisto, es el primer día- el Pucela ha de permitir a la cautela convertirse en amilanamiento, al riesgo en inmovilidad. A lo mejor, así, “cantando al sol como la cigarra” de la canción de Mercedes Sosa, “después de un año bajo la tierra” entona ufano “Tantas veces me mataron, tantas veces me morí; sin embargo, aquí estoy, resucitando”.

 Artículo publicado en El Norte de Castilla el 17-08-2026