miércoles, 9 de septiembre de 2026

Y EL MAR RECORDÓ

 

Foto: Ep


En una especie de justicia química redistributiva, un puñado de sal arrojado sobre el agua de una cazuela termina distribuyéndose de forma uniforme. Si antes de añadir el pellizco salino, mediante una membrana semipermeable -la que permite que el agua circule mientras bloquea la sal- dividimos la cazuela en dos partes, observaremos que, ante la imposibilidad de alcanzar la armonía por la retención del cloruro de sodio, será el agua la que traspase la frontera vaciando, de esta forma, parcialmente un lado y elevando el nivel acuoso del otro. Aplicando esta propiedad, la ósmosis, el ser humano aprendió, por ejemplo, el proceso de la curación del jamón. Dado que, de inicio, la sal apenas puede entrar, el agua del músculo sale.   

Los humanos hemos tejido en el planeta una urdimbre de membranas que, también de inicio, separan semipermeablemente concentraciones de riqueza muy diversas. De esta forma, ante un enorme gradiente osmótico -y la tela que divide las disoluciones económica y socialmente más dispares se sitúa entre España y Marruecos, vaya, en Ceuta y Melilla-, si el soluto de la renta no se disemina, será el disolvente de la población el que circule.

Antaño, los progenitores de los que ahora pretenden acceder a Europa, los millones de habitantes de aquella conveniente periferia, posibilitaban el bienestar de ese territorio cuya denominación, ‘occidente’, se desactualiza cada día. El sistema nos beneficiaba, no sorprende que un flujo humano de ‘perdedores’ aspire a compartir la sal. Europa, aquel enano político que ha perdido talla económica, languidece. En su corrosión, hasta la aglutinadora lealtad interna, ha perdido vigencia. A la par, los procesos migratorios, sobrepasando el orden interesado del receptor, han adquirido el perfil de masas informes. Aquella estrategia de pagar a otros países el canon por realizar el ‘trabajo sucio’ más allá de la membrana europea se vuelve en contra: entregas dignidad, pagas vigilancia y el vigilante te presiona: las personas se convierten en instrumentos de poder, de chantaje.

Una certeza: han muerto en torno a dos centenares de personas. Dentro de unos años el presente de entonces leerá a Federico García Lorca: “Y el mar recordó ¡de pronto! los nombres de todos sus ahogados”.

Publicado en El Norte de Castilla el 8-09-2026