En una especie
de justicia química redistributiva, un puñado de sal arrojado sobre el agua de
una cazuela termina distribuyéndose de forma uniforme. Si antes de añadir el
pellizco salino, mediante una membrana semipermeable -la que permite que el
agua circule mientras bloquea la sal- dividimos la cazuela en dos partes, observaremos
que, ante la imposibilidad de alcanzar la armonía por la retención del cloruro
de sodio, será el agua la que traspase la frontera vaciando, de esta forma,
parcialmente un lado y elevando el nivel acuoso del otro. Aplicando esta
propiedad, la ósmosis, el ser humano aprendió, por ejemplo, el proceso de la
curación del jamón. Dado que, de inicio, la sal apenas puede entrar, el agua
del músculo sale.
Los humanos
hemos tejido en el planeta una urdimbre de membranas que, también de inicio,
separan semipermeablemente concentraciones de riqueza muy diversas. De esta
forma, ante un enorme gradiente osmótico -y la tela que divide las disoluciones
económica y socialmente más dispares se sitúa entre España y Marruecos, vaya,
en Ceuta y Melilla-, si el soluto de la renta no se disemina, será el
disolvente de la población el que circule.
Antaño, los
progenitores de los que ahora pretenden acceder a Europa, los millones de
habitantes de aquella conveniente periferia, posibilitaban el bienestar de ese
territorio cuya denominación, ‘occidente’, se desactualiza cada día. El sistema
nos beneficiaba, no sorprende que un flujo humano de ‘perdedores’ aspire a
compartir la sal. Europa, aquel enano político que ha perdido talla económica,
languidece. En su corrosión, hasta la aglutinadora lealtad interna, ha perdido
vigencia. A la par, los procesos migratorios, sobrepasando el orden interesado
del receptor, han adquirido el perfil de masas informes. Aquella estrategia de
pagar a otros países el canon por realizar el ‘trabajo sucio’ más allá de la
membrana europea se vuelve en contra: entregas dignidad, pagas vigilancia y el vigilante
te presiona: las personas se convierten en instrumentos de poder, de chantaje.
Una certeza: han
muerto en torno a dos centenares de personas. Dentro de unos años el presente
de entonces leerá a Federico García Lorca: “Y el mar recordó ¡de pronto! los
nombres de todos sus ahogados”.
Publicado en El Norte de Castilla el 8-09-2026