Aquel consejo triunfó,
y por tanto se expandió; se asumió como cabal, y por tanto se adoptó; se arrogó
un sentido de la pertinencia, y por tanto el “no te metas en política”, tan
discreta como paulatinamente, obtuvo la capacidad de silenciar conversaciones.
Cierto que hasta hace más de medio siglo, el mutismo manifestaba de forma
velada una necesidad de autodefensa. No convenía sostener de viva voz lo que -a
otros- no les resultaba conveniente que verbalmente se aireara. La advertencia
sobrevivió al óbito. Los cánticos de “libertad sin ira, sin ira libertad” no
lograron esfumar los temores. A unos porque les fue bien -¡qué necesidad!-, a
otros porque les pudo ir peor -¡no te signifiques!-, la directriz se repetía en
cada mesa camilla, en cada conversación en la que alguien empotraba una
incomodidad al exponer su parecer diverso al sentir generalizado en la
correspondiente tertulia. Cuesta borrar lo que se grabó en la médula ósea, lo
que terminó conformándose como material idiosincrásico.
Lo político
arrastra, al menos en nuestra España, un carácter peyorativo, una doble
acepción de desprecio. El término ‘político’, por un lado -y no arguyo que sin
carga de razón-, resuena como adjetivo que aglutina las definiciones de falso,
desleal, interesado, embaucador, frío, calculador… Pero por otro, y este lo
remarco en este hoy en que vivimos, asimila despectivamente ‘político’ a un
subjetivismo interesado, a un trágala malintencionado, al que enfrenta con otro
subjetivismo al que reviste de objetividad, al que se expone como consenso
basado en la neutralidad. Descalificado el mensaje denigrado como ‘político’,
se reivindica falsariamente la virtud de su contrario, lo no político. Las más
de las veces, la trampa consiste en revestir de una interioridad privativa un
mensaje ciertamente aséptico: un, sea el caso, ‘Ceuta es España’ que encierra
mucho más que la pertenencia de un territorio a un país. Otra artimaña, más
burda, añade una coletilla parcial a la consigna neutral.
Alcanzado este
propósito, el siguiente llega de corrido: se deslegitima a quienes no muestren
acuerdo. Y se anulan sus matices: todos los que se opongan a esta verdad ‘no
política’ serán la misma -y sonoramente despreciable- cosa: terroristas,
antiespañoles…
Artículo publicado en El Norte de Castilla el 22-09-2026