martes, 29 de septiembre de 2026

CENAR CALLOS COMO RESULTADO DE PRUEBAS

 

Foto: A. Mingueza


Una bofetada tras un desconcierto, un desbarajuste tras una bofetada, un estacazo tras un desbarajuste, una desilusión tras un estacazo..., y así, eslabón tras eslabón, el Pucela engarza una cadena en la que intercala fiascos y desencantos. La afición, en su mohíno transitar, arrastra los pies dibujando su pesar sobre el polvo del camino. Cuando el entrenador de turno se envuelve con telas de vanas palabras, se agazapa tras discursos desvaídos, peroratas carentes de fondo, prédicas desprovistas de coherencia formal... cuando, sea el caso, se escuda en el 'barullo' para evadir una responsabilidad, los dolientes condenados a sufrir el penar del Real Valladolid padecen, además, la aflicción del desamparo: a los adversos resultados suman una especie de desprecio añadido, una desatención que obvia unas palabras de autocrítica, que elude un esfuerzo –siquiera capcioso– en alentar la voluntad.

Mal, pese a que aún es muy pronto, pintaban las cosas en un Pucela inconcreto, incapaz de sortear el listón de las más mínimas expectativas. Escribá –sí, el que se justifica en esas aguas revueltas, en 'los barullos'; el que no recuerda dónde se encuentra la ganancia de los pescadores–, percibe por los oídos el soniquete propio de quien se sabe en entredicho. Captación que (debería) acompaña(r) a Orta, el reclutador de jugadores, ante la perpetua apreciación de que la suma de los rendimientos no se adecúa a lo que, tras escucharle, quisimos creer. Los jugadores, por su parte y con excepciones, mientras aparecen y desaparecen de las alineaciones, permanecen protegidos por un halo de enigma que les ubica en un espacio indefinido situado entre lo que podemos suponer y lo que ofrecen en el campo. Melones sin abrir, tomates sin enrojecer.

Peor aún cuando, con el partido por estrenar, un gol del Córdoba desalentaba cualquier optimismo, alimentaba la intuición de que a la séptima tampoco sería la vencida. Miguel Rubio, el hombre, se marcaba el gol en un aciago rebote. No fue su día. Ni él ni su camiseta aguantaron los noventa minutos. En su haber, eso sí, se apunta un despeje bajo el larguero que impidió una nueva desventaja... y a saber qué más.

Y de repente, surgen asociaciones sugestivas. Un Ponceau habitualmente desasistido y desaprovechado con un Arnu que amenazaba estancarse. El propio Arnu con un Víctor en cruenta pelea por ser él mismo. Y de repente, un Barberá escondido en el banquillo muestra un colmillo ausente en tantas alineaciones blanquivioletas. Y de repente, por primera vez en meses, el equipo a la vez gana y merece ganar. Me gustaría creer que asistimos a un cambio de tendencia, a un reseteo. Me encantaría, pero en este anhelo, a lo largo de la temporada pasada hemos desgastado demasiado la expresión 'punto de inflexión', incluso cuestionando su pertinencia metafórica: en nuestro hablar cotidiano consideramos que el cambio de tendencia –de abajo hacia arriba– se produce tras cruzar un mínimo, el punto más bajo. Tanto desgaste que me niego a decretar fiesta por ver una bombilla encendida en la plaza.

Dicho lo cual, el marcador y el desempeño relajan tanto como cuando llamo a mis padres (85 y 86) por la noche y me cuentan que están cenando callos. Sin más análisis, de momento no hace falta ir al médico.

 Artículo publicado en El Norte de Castilla el 28-09-2026