Foto: A. Mingueza
Una bofetada tras un desconcierto, un
desbarajuste tras una bofetada, un estacazo tras un desbarajuste, una
desilusión tras un estacazo..., y así, eslabón tras eslabón, el Pucela engarza una cadena en la que
intercala fiascos y desencantos. La afición, en su mohíno transitar, arrastra
los pies dibujando su pesar sobre el polvo del camino. Cuando el entrenador de
turno se envuelve con telas de vanas palabras, se agazapa tras discursos
desvaídos, peroratas carentes de fondo, prédicas desprovistas de coherencia
formal... cuando, sea el caso, se escuda en el 'barullo' para evadir una
responsabilidad, los dolientes condenados a sufrir el penar del Real Valladolid
padecen, además, la aflicción del desamparo: a los adversos resultados suman
una especie de desprecio añadido, una desatención que obvia unas palabras de
autocrítica, que elude un esfuerzo –siquiera capcioso– en alentar la voluntad.
Mal, pese a que aún es muy pronto, pintaban las cosas
en un Pucela inconcreto, incapaz de sortear el listón de las más mínimas
expectativas. Escribá –sí, el que se justifica en esas aguas revueltas, en 'los
barullos'; el que no recuerda dónde se encuentra la ganancia de los
pescadores–, percibe por los oídos el soniquete propio de quien se sabe en
entredicho. Captación que (debería) acompaña(r) a Orta, el reclutador de
jugadores, ante la perpetua apreciación de que la suma de los rendimientos no
se adecúa a lo que, tras escucharle, quisimos creer. Los jugadores, por su
parte y con excepciones, mientras aparecen y desaparecen de las alineaciones,
permanecen protegidos por un halo de enigma que les ubica en un espacio
indefinido situado entre lo que podemos suponer y lo que ofrecen en el campo.
Melones sin abrir, tomates sin enrojecer.
Peor aún cuando, con el partido por estrenar, un gol
del Córdoba desalentaba cualquier optimismo, alimentaba la intuición de que a
la séptima tampoco sería la vencida. Miguel Rubio, el hombre, se marcaba el gol
en un aciago rebote. No fue su día. Ni él ni su camiseta aguantaron los noventa
minutos. En su haber, eso sí, se apunta un despeje bajo el larguero que impidió
una nueva desventaja... y a saber qué más.
Y de repente, surgen asociaciones sugestivas. Un
Ponceau habitualmente desasistido y desaprovechado con un Arnu que amenazaba
estancarse. El propio Arnu con un Víctor en cruenta pelea por ser él mismo. Y
de repente, un Barberá escondido en el banquillo muestra un colmillo ausente en
tantas alineaciones blanquivioletas. Y de repente, por primera vez en meses, el
equipo a la vez gana y merece ganar. Me gustaría creer que asistimos a un
cambio de tendencia, a un reseteo. Me encantaría, pero en este anhelo, a lo
largo de la temporada pasada hemos desgastado demasiado la expresión 'punto de
inflexión', incluso cuestionando su pertinencia metafórica: en nuestro hablar
cotidiano consideramos que el cambio de tendencia –de abajo hacia arriba– se
produce tras cruzar un mínimo, el punto más bajo. Tanto desgaste que me niego a
decretar fiesta por ver una bombilla encendida en la plaza.
Dicho lo cual, el marcador y el desempeño
relajan tanto como cuando llamo a mis padres (85 y 86) por la noche y me
cuentan que están cenando callos. Sin más análisis, de momento no hace falta ir
al médico.
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