martes, 20 de octubre de 2026

LOS MATICES INCLINAN LAS BALANZAS

 

Foto: Rodrigo Jiménez

Una semana se prolongó el estado de euforia blanquivioleta. El mismo tiempo que podría mantenerse el de decepción si el resultado próximo sonríe al Pucela, y en ningún cuaderno aparece escrito que no pueda ocurrir. Al fin y al cabo, la imprevisibilidad se arroga la labor de marca de clase, de valor representativo de los resultados de esta segunda categoría, generosa o cruel según tenga el día. Asumido que los mejores jugadores disputan otras competiciones, entendemos que la diferencia de nivel de quienes aquí participan no marca diferencia alguna. Admitido que el esfuerzo pretende relevar las carencias, que la convicción con frecuencia se impone al criterio, adivinamos que un ligero matiz puede inclinar una balanza lo suficiente como para dictar los renglones de una sentencia. Un veredicto revocado cada semana por otro idéntico u opuesto. Y vuelta a empezar una y otra vez.


Cánones que, como cualquier muestra, cuenta con sus valores atípicos: los diez –todos– partidos del Albacete B. sin conocer la victoria; los siete consecutivos en que la UD Almería suma de tres en tres. Sin más, extravagancias estadísticas que la historia pone en cuarentena, que el aficionado –conocedor de la naturaleza bromista de esta ‘burladora’ competición– relativiza valiéndose de la expresión de Tirso de Molina: «Cuán largo me lo fiais».


Una semana, decía, y cuarenta minutos. Los que tardó en aparecer el matiz que volteó un escenario que prolongaba el arrebatamiento de la goleada manchega, que mantenía el dulzor de Arnu y Ponceau. Vislumbrábamos el segundo, «a ver si cuanto antes» musitaban casi al unísono buena parte de los seguidores a los que la costumbre les ha convertido en expertos conocedores de este paño. Un paño que cualquier despiste deshilacha. Con lo que cuesta lograr lo que mucho cuesta y lo fácil que resulta perderlo. Un desgarrón requiere un remiendo inmediato so pena de estropicio, irremediable por definición.


El partido se empeñó en desdecir un par de certezas de esas acuñadas por la sabiduría popular. Aquella que recomienda no tocar lo que funciona. Como si el contexto no se modificase, como si lo que una vez funcionó se pudiera adaptar a otra coyuntura. Claro, también podemos afirmar que, de lo que funcionó, algo se tocó: el rival, que no es poca cosa. Ante otros, no sirvió lo mismo. Y, en segundo lugar, la que impele a cambiar aquello que, tras varios intentos, no dio su fruto. Y a veces sí, pregúntenselo al agua: cuando se trata de romper una roca y no disponemos de herramientas contundentes, hemos de insistir en la erosión, en el intento repetido que posibilita avances imperceptibles. Para hoy ya es tarde, pero los sucesivos eldenses –fauna autóctona de esta competición– requerirán armarse de paciencia.


Pero andábamos por el cuarenta, por el desgarrón cosible. Cosible si el estado de ánimo no traiciona. De la euforia al lamento, del lamento al error, cinco minutos y doble desgarrón. Quizá el matiz se aloje en esos 300 segundos, en el tiempo necesario para la difícil adaptación a una perturbación. Porque habrá muchas, y esa capacidad adaptativa, tanto como la calidad futbolística, concretará los matices definitorios de cada encuentro, los términos de una suma que dirá lo que ha dado de sí este equipo. 

Artículo publicado en El Norte de Castilla el 19-10-2026

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