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Se pretende adornar los discursos de épica -aquí el héroe que
les liberará, ahí el pueblo concernido presto a la inmolación- y las palabras
apenas alcanzan para envolver el alegato en papel de periódico añejo.
‘Sacrificios’, se promete con aires churchillianos, “un gobierno que pedirá
sacrificios”. Aquel primer ministro británico, convertido en un icono una vez debidamente
acicalada su biografía, permanece en nuestra memoria colectiva. Pero ni así. El
“sangre, sudor y lágrimas” que se le atribuye, enunciado como un ruego de
abnegación, olvida que Churchill, antes que demandarlo, lo ofrecía. Y lo
ofrecía -y a lo mejor aquí está, pese a las abismales diferencias contextuales,
la analogía que ampara la retrotracción al año cuarenta del siglo pasado-
anteponiendo a la enumeración “sino sangre, esfuerzo, lágrimas y sudor”
un rotundo “no tengo nada que ofrecer…”.
La petición de
sacrificio culmina una liturgia de hipérbole identitaria, de desmesura
simbólica, de redundancias recargadas de supuestos valores supuestamente
tradicionales que establecen quién es el extraño o el
ajeno (o el propio pero malo). Asumidas las divisas, expuesto lo mal que
va todo por culpa de los malos, las pormenorizaciones germinan como
espontaneidades previamente anotadas en un ideario que reparte dividendos y
faenas. Huelga decir para quiénes qué. Esta solemne demanda, hija legítima de
aquel “vivimos por encima de nuestras posibilidades”, resuena a Antonio
Machado: “Siempre ha sido lo mismo. En los trances duros, los señoritos invocan
la patria y la venden”.
Pues bien, estoy dispuesto a sacrificarme cuanto sea menester si el que
lo propone realiza el doble de esfuerzo; si consigue que me crea la necesidad y
me convenza. De lo contrario, me sentiré obligado a la penitencia, pero la
consideraré un expolio, el resultado de las martingalas de tanto capitán Araña
dispuesto a atizar el fuego de los sacrificios en el altar del mercado.
En cualquier caso, las escorias de ese discurso no se limitan
a presentar un pasado que, en el mejor de los casos, apenas fue: olvida la ya
sacrificada labor cotidiana de millones de habitantes de esta España. A lo
mejor es porque no pillan a mano del orador, más cercano a los beneficiarios de
ese récord de ganancias empresariales.
Y mientras tanto,
Francia…
