Una de las paradojas que plantea la relatividad del volumen se muestra con el número de ocupantes de los coches. En los actuales, tan modernos y aparentemente espaciosos ellos, mal caben cinco personas. Pero pocas décadas atrás podíamos viajar casi cómodamente el doble de personas en aquel milagro automovilístico llamado seiscientos. Seiscientos también se llama el número de minutos que lleva el Real Valladolid sin oler el aroma de la red y, de la misma forma, los ocupantes de las causas son muchos y viajan plácidamente. Diez horas consecutivas sin marcar, se dice pronto, que son el corolario desesperante de un equipo que cae en picado hacia un objetivo -la permanencia- conseguido mucho tiempo atrás.
Paradojas de la vida. Primer partido, tras el perro invierno, que acaba de día y primer partido en el que casi me duermo. Cuando sólo un equipo quiere jugar es imposible que el espectáculo alimente los ojos y los del sur de Madrid se acercaron a Zorrilla a evitar el fútbol. Sorprende a quien no les ha visto que un equipo con esa nómina se vea tan apurado, pero el corsé al que les somete su entrenador no se adapta a la morfología de la plantilla. Gavilán, Albín, Granero y compañía deambulan como almas en pena por el verde que debería ser de la esperanza y empieza a ser de la congoja. En unos meses han pasado de soñar en conseguir un título europeo a temer la vuelta a la caverna, de ser una llama de ilusión a un equipo raquítico que no hace honor a su nombre: juegan con poca jeta y ninguna fe.
Frente a tan poco, el Valladolid ha obtenido los tres puntos. Parece sencillo pero no solía ser así y es la mejor noticia. El cuadro pucelano acostumbraba a perder -a lo sumo empatar- estos partidos enrevesados. No sabían ganar cuando no podían desplegar su juego combinativo, sólo vencían si jugaban mucho mejor que el rival. Ganar así deja un buen regusto: el de saber que, cuando el buen fútbol no llega, el oficio rinde cuentas en el saldo.



