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Foto El Norte de Castilla
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El paso de los años, tal vez sea por la sucesión de malas
experiencias, nos afila el colmillo, nos retuerce la mirada. La ingenuidad o el
candor -no las tomen por virtudes, con ambas se puede delinquir- cogen polvo
perdidos en alguna estantería. La naturalidad ni eso, murió y fue bien
enterrada varios pies bajo tierra. El primer paso lo dimos aquel día en que nos
tapamos los ojos con la intención de que no nos vieran. El gesto rezumaba
ingenuidad, pero apuntaba a salir de ella.
A las sociedades y a sus desarrollos les ocurre tres cuartos
de lo mismo: con el transcurrir de los siglos, se resabian. Sin embargo, a
pesar de la dinámica, de tanto en tanto nos sorprenden brisas de frescura, niños
con los pantalones manchados de barro, adultos jugando con un balón. Porque el
fútbol, sin poder evitar la envoltura con el celofán de la impostura, ha
conseguido que en el campo de juego pervivan esencias y modos de su carácter
primitivo. Así, en el rectángulo conviven expresiones de ambos mundos que se
manifiestan hasta en el sentido de llevarse la mano a la nariz. Uno, el granota
Son, desdeñoso, lo hace para liberar sus fosas nasales, para dar vida a unos
pulmones hambrientos de oxígeno. Así, indiferente a composturas y miradas
ajenas, aprieta la napia y empuja aire hacia afuera lanzando los mocos al
suelo. Otro, el local Guardiola, con ese gesto malhumorado que nunca le
abandona, dándose ínfulas de importante, pretende con su mano esconder la
conversación. Como si en sus palabras hubiera alguna fórmula desconocida que
patentar a la salida del estadio, como si el diálogo fuera más allá de un par
de lugares comunes y un ‘hasta otra’. Precisamente Guardiola, ‘de dónde saca pá
tanto como destaca’, el mismo que a punto del fin de la pasada temporada, de
forma precipitada cuando se imponía la prudencia, abrió la boca de par en par
en forma de tuit para entonar el anuncio de una despedida que luego no
fue.